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"Vuelvo a la cortinilla de luces. Entre los espinazos del diablo creciendo locamente reparé en un tallo distinto. Se correspondía con el de una flor preciosa que me creció en julio al poco de esparcir sobre las macetas unas semillas de flores silvestres. |
2026-01-03
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Llámame Zinnia

Hace unos días, recolocando una cortinilla de luces de Navidad en mi terraza, me quedé atónita viendo que estaba asomando un capullo de un tallo de una de las macetitas que tengo colgadas de la reja. Desde que empezó a hacer frío no las riego más que cuando me acuerdo, principalmente porque mis conocimientos de botánica son muy deficientes y me rijo por la intuición. Hace algunos meses me dio mi padre un tallo de una planta que enterré en una maceta con ninguna confianza en que saliera adelante, aunque él me había asegurado que crecía bastante y que no precisaba de muchos cuidados. Pues bien, aquel tallo como de una cuarta ya debe andar casi cerca del metro, pero no solo eso, en las otras macetas está creciendo casi a la misma velocidad sin que en ellas hubiera hecho ningún trasplante. Debe ser que el bamboleo del viento ha ido esparciendo la semilla del espinazo del diablo, que es así como se llama, y a excepción de dos de las diez macetas que tengo, el resto parece un ejército de esa especie de nombre diabólico. Lo averigüé a través de Google Lens, que es una cosa mala buscando parecidos. Hice una foto, y en menos de un segundo le puso nombre y me aparecieron sus características y propiedades. He de decir que el nombrecito en cuestión me dio mal rollo: suena como a película de terror a tope de exorcismos, sobresaltos, y música inquietante, aunque parece ser que también se la llama karanchoe o aranto, que es como más poético. No acaba ahí la cosa, pues en cuestiones espirituales, según la red, es la pera limonera, ya que potencia la pasión y la creatividad, promueve las nuevas oportunidades y ayuda a superar obstáculos. Vamos, que, sin saberlo, mi padre me dio en formato vegetal un manojo de bendiciones.
Vuelvo a la cortinilla de luces. Entre los espinazos del diablo creciendo locamente reparé en un tallo distinto. Se correspondía con el de una flor preciosa que me creció en julio al poco de esparcir sobre las macetas unas semillas de flores silvestres. Zinnia se llama. Recuerdo la ilusión que me hizo verla crecer, y no contaba yo con volver a verla, dado que es una flor solitaria que apenas sobrevive al verano y que no soporta las temperaturas inferiores a quince grados y de ninguna de las maneras, las heladas. Por eso el otro día cuando vi que renacía tuve la sensación de que el universo volvía a darme señales en plan “nada es imposible, chati”. Y desde entonces la miro como si fuera yo, sin saber explicar esta locura de sensibilidad o de falta de raciocinio, que convierte esa pequeña flor en una lectura trascendental difícil de contar si quiero mantener mi imagen de mujer cuerda. Pero yo sé lo que me digo.
Ese simbolismo con el que el universo me premia a veces, no te lo vas a creer, pero me pone cachondísima. Siempre me ha excitado lo inexplicable. No hablo en términos sexuales, me refiero a esa sensación de que dios te guiña un ojo, sin que nadie más que tú lo vea, y sin que ese dios sea el mismo en el que otros creen. Y así empiezo el año.


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