"Los niños y los mayores no desarrollan sentido de pertenencia porque alguien les diga de dónde vienen.

2026-05-31

Raíces que nos sostienen

Las raíces más profundas rara vez son visibles.

No viven en la vajilla de porcelana que heredamos, en las fotografías de personas que nunca conocimos o en los muebles que han pasado de una generación a otra.

Las herencias más valiosas no ocupan un lugar especial dentro de la casa, viven en las historias que escuchamos, en las costumbres que repetimos y en los vínculos que nos recuerdan que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.

Las abuelas suelen ser grandes guardianas de esas herencias. No solo de las recetas que se preparan en la cocina, sino también de aquellas que transmiten sin darse cuenta: la manera de recibir una visita, de celebrar un logro, de acompañar una enfermedad y encontrar la fuerza para seguir adelante en un momento difícil.

Solemos pensar que estas herencias se transmiten solas, como un objeto del patrimonio familiar, pero lo que, verdaderamente nos sostiene, no se recibe; se cultiva en la convivencia y crece cada vez que compartimos tiempo. Se fortalecen en la cuando una abuela comparte una receta que conoce de memoria y prepara “a ojo”, en el abuelo que todavía muestra a los nietos como reparar una bicicleta. En los apodos familiares, en las canciones que suenan en cada viaje por carretera y en las palabras que solo tienen sentido dentro de una determinada familia.

Los niños y los mayores no desarrollan sentido de pertenencia porque alguien les diga de dónde vienen. Lo desarrollan cuando participan, cuando se sienten incluidos, consultados y necesarios.

El legado cotidiano se teje mientras se acomodan fotografías viejas durante una tarde de lluvia. Mientras se pregunta por el origen de una tradición familiar. Mientras se enseña un juego de mesa que ha sobrevivido varias generaciones. O cuando un nieto ayuda a digitalizar imágenes antiguas y termina descubriendo historias que nunca había escuchado.

Con la llegada de las vacaciones de verano, muchas familias tendrán más oportunidades de encontrarse. Quizá este sea un buen momento para preguntarnos qué historias queremos compartir, qué tradiciones vale la pena conservar y qué recuerdos estamos ayudando a construir.

Porque aquello que nos da raíces no nos mantiene atados al pasado; nos da la seguridad para seguir creciendo.

Entre generaciones, las raíces que nos sostienen son las que nos recuerdan que pertenecemos: a una familia, a una historia, a una comunidad. Y quizá una de las herencias más valiosas que podemos dejar sea justamente esa: la certeza de que nadie crece solo.


 

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