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"A veces, en nombre del cuidado, terminamos acelerando procesos que no eran necesarios. |
2026-06-14

La voz que permanece

“Al ser humano se le puede quitar todo, excepto la última de las libertades: elegir su actitud.” Victor Frankl
A veces el maltrato en la vejez no se nota porque aprendimos a normalizarlo.
En el marco del Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, vale la pena recordar que no todas las formas de violencia dejan marcas visibles. Algunas se esconden en las pequeñas acciones que, repetidas todos los días, terminan impactando en la dignidad y la autonomía de la persona. Aparecen en la indiferencia, en la sobreprotección o en la costumbre de asumir que alguien ha dejado de ser capaz de decidir sobre su propia vida.
En la mayoría de las ocasiones, el problema no comienza con mala intención. Comienza con prisa. Con la idea de “hacerlo más fácil”, de ahorrar tiempo o de la creencia de que cuida mejor quien resuelve todo para la otra persona. Poco a poco dejamos de preguntar qué quiere o cómo le gustaría hacer las cosas, empezamos a sustituir, a “hacer” por ellos … y sin darnos cuenta, el cuidado empieza a parecerse más al control que al acompañamiento.
Pero cuidar no significa borrar la voz del otro.
Las personas mayores necesitan participación activa, decisiones autónomas y espacios donde puedan seguir construyendo, incluso cuando existe fragilidad o dependencia. La autonomía no desaparece de un día para otro, y respetarla significa aprender a acompañar sin invadir. Siempre hay algo que puede elegirse: qué ropa usar, qué comida prefieren, el sabor del agua para tomar la pastilla, el cómo organizar su día o cuándo necesitan silencio y cuándo compañía.
A veces, en nombre del cuidado, terminamos acelerando procesos que no eran necesarios. Corregimos constantemente, evitamos que la persona participe o dejamos de escuchar su voz; se vuelve cotidiano decidir por ellos, apresurar sus tiempos, minimizar sus opiniones y hablarles como si fueran niños, haciendo todo con rapidez en el nombre de la eficiencia. Sin embargo, cuando alguien deja de involucrarse en las pequeñas decisiones cotidianas, también comienza a perder espacios de identidad.
Por eso el verdadero cuidado requiere paciencia. Aprender verdaderamente a escuchar, conocer y aceptar que cada persona sigue teniendo historia, preferencias y maneras propias de habitar la vida.
En las familias, aprender esto puede transformar profundamente la convivencia, permitiéndonos aprender a vivir con ritmos distintos, recuperando el sentido de valor en la presencia, caminando más despacio, cocinando lento, tomando el tiempo para conversar y estar, sin culpas, sin miedo.
Porque el cuidado más humano no es el que controla cada aspecto de la vida del otro, sino el que acompaña sin borrar su identidad… el cuidado más humano es el que comprende que para ser productivo, no tienes que ser rápido.
Entre generaciones, cuidar y dejar ser es una forma de recordar que la dignidad no tiene edad; que el buen trato en la vejez no se mide únicamente por la ayuda que ofrecemos, sino por la voz que somos capaces de preservar. Y que ninguna persona debería perder el derecho a decidir sobre su propia vida solo porque necesita apoyo.


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