JUAN CANO PEREIRA 

"dándome y sintiendo en la cara el rigor de esta intemperie que vivimos, rebobiné mi escritura y empecé de nuevo.

2025-11-30

Salir de la cabina

Pensaba hace un instante, justo el anterior a empezar a escribir esta columna, en cómo precisamente el acto de escribirla quincena tras quincena ha ido influyendo y hasta transformando lo que me había propuesto con ella. Yo, un poco redicho y a veces pedante, venía aquí a Libreopinante, todo chulo, con el propósito de «hablar de lo mío», como si aún estuviera lanzando proclamas desde los lejanos ochenta, parapetado en aquella vieja cabina de la radio pirata de mi pueblo. 
Presuntuoso e ingenuo a la vez, yo pensaba que tenía que ser un «enteraíllo», un disidente en la línea editorial de Libreopinante. Me dije: «si aquí se habla, sobre todo, de política, yo voy a hablar de otras cosas». Y empecé a hablar de esas «otras cosas», o eso creía yo que estaba haciendo con mi déjà vu ochentero, mientras rebobinaba a puro golpe de muñeca y boli Bic todas las canciones que me habían tocado alguna vez la patata, añorando todo ese tiempo vivido, todo lo que no lograrán hacer regresar mis pasos descompasados, arrítmicos; tan llenos de mí.
Pero poco a poco, esas mismas canciones y todas las que vinieron después; incluso —ahora lo sé— todas las que están por llegar, me han llevado, a pesar de mi caminar titubeante y esa ligera cojera que se me acentuó con los años, hasta la ventana de la vieja cabina de la radio de mi pueblo, para poder así comprobar que, ahí fuera, están —como dicen los ingleses— «lloviendo gatos y perros». Y que, por mucho que me crea a salvo en este naufragio voluntario en mi isla hecha de canciones, la tormenta, el sunami o el cambio climático entero también acabarán llegando hasta aquí. 
Y fui saliendo muy poco a poco. Cada quincena, cada columna, un paso más, hasta que llegué al centro mismo de esta plaza de la libre opinión. Una vez aquí, elegí mi rincón. Sí, ese banco solitario del fondo de la plaza fue mi elección. Y, unas veces guitarra en mano, otras con la banda sonora de ese preciso momento sonando en mi móvil, pero siempre dándome y sintiendo en la cara el rigor de esta intemperie que vivimos, rebobiné mi escritura y empecé de nuevo. 
Me sentí entonces como Almudena Grandes —de cuya muerte se cumplen en estos días cuatro años— en aquella primera columna suya de El País, ansioso por escribir de todos a partir de mis propias vivencias, de mi propia historia, no vaya a ser que algunos consigan evaporar esas ganas antes de que se consoliden. Porque, como decía Almudena, «qué le voy a hacer si esa es mi tradición, la de la izquierda española, encadenada a gozos efímeros y pesares perpetuos, un tobogán emocional que impulsa a los Gobiernos progresistas a la pusilanimidad maquillada de prudencia que resulta fatal a medio plazo. Porque las gentes de orden conocen bien esa debilidad, y la manejan como nadie para provocar desórdenes».


 

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