"Soy consciente de que mi proceder me pierde a veces, pues andar siempre con una inoportuna, y hasta chunga, pregunta en la punta del corazón me acarrea enemistades por doquier.

2026-09-20

En la punta del corazón

Confieso que mi querencia está a la izquierda, y hablo en esta ocasión de su localización geográfica, que no ideológica. No en vano, es de esa parte del pecho, donde se localiza el corazón, desde donde parte mi discurrir. Esta afirmación aristotélica y, por consiguiente, cardio centrista —es decir, que, como Aristóteles, estoy convencido de que el corazón es el centro de la vida, de las emociones, de los sentidos y del pensamiento— es netamente filosófica, pues mi proceder es incapaz de seguir una línea recta o unas normas prefijadas por donde hacer caminar esos pensamientos, los cuales —como buenos hijos míos— nacen del asombro, y de la duda constante, y de la necesidad de dar razones sobre la realidad más allá de los mitos, de la fe y las creencias; que es en esta víscera palpitante, en este músculo insano, donde se alberga una maquinaria capaz de ponerlo todo patas arriba; si su mecanismo de cuestionamiento crítico, de diálogo y de revisión se encuentra bien engrasado, por supuesto.

 

Soy consciente de que este mismo proceder que me define, me pierde a veces, pues andar siempre con una inoportuna, y a veces hasta chunga, pregunta en la punta del corazón me acarrea enemistades por doquier. Algunas de esas desavenencias son, por supuesto, buscadas, aunque me salgan del corazón, porque sé lo que digo y a quién se lo digo. Pero que, de vez en cuando, me agarro al latido de mi corazonada y, sin pensármelo dos veces, me enfundo el disfraz de camorrista ilustrado y comienzo a fajarme, como en la película, cual contendiente de una especie de club de la lucha: sin reglas formales de protección y diseñado para liberar la frustración reprimida mediante una violencia verbal que se siente casi física. Vamos, que me dejo llevar por el ambiente y me tiro al barro de las redes a disfrutar del intercambio de insultos como un cerdo.

 

Reconozco que es una macarrada, y que Aristóteles y todos los filósofos que lo precedieron y los que vinieron después me correrían a gorrazos, pero no puedo evitar contagiarme por los usos de este tiempo donde la dialéctica se muestra inútil e ineficaz, vista la proliferación de los insultos, las malas artes y los bulos entre las preferencias del respetable. Sí, soy débil, y es fácil caer en la tentación. Porque, como dicen los Marea —precisamente un grupo no de mi cuerda— «anoche mi corazón era de piedra, y al alba era de mimbre, que se dobla antes de partirse». Y esa flexibilidad es la que necesitamos tener en nuestros posts, en nuestros artículos y en nuestros parlamentos, si queremos hacernos entender. Eso es, al menos, lo que me sale ahora de la punta del corazón.


 

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