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"Y es que el corazón puede fallar, pero mentir, no miente. |
2026-11-01
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Si me das a elegir

En pleno Mercurio retrógrado deberíamos estar exentos de responsabilidad sobre nuestros actos, no en vano, cada vez que se da esta circunstancia planetaria, siento como si desde arriba metieran mano en el saco de nuestras vidas y las revolvieran para que aprendamos a no dar todo por hecho.
Nos cuesta entender, por más que lo sepamos, que nada es para siempre, ni siquiera la idea que tenemos de nosotros mismos, cuanto menos, a personas con las que hemos compartido parte de nuestra existencia.
Estoy en ese punto en el que tengo claro con quien no quiero estar, y salvo que las circunstancias no me lo permitan, lo llevo a la práctica sin siquiera tratar de ser condescendiente, porque hay algo de autoengaño en pretender mantener a toda costa las relaciones que ya no funcionan, que no aportan, o que suponen un esfuerzo innecesario. No digo que sea fácil, pero es de primero de autocuidado anteponerse y admitir que por encima del bienestar propio no debería existir esa necesidad de querer agradar y complacer a los demás.
No quiero más teatros, no quiero deudas de afecto, no quiero rencores, no quiero compartir tablas en ese escenario en el que la apariencia y la falsedad se encajan con la pasmosa y obscena naturalidad del farsante, que se sabe farsante, al que siguen otros que acaban siendo maestros en el arte del trampantojo con mayor pericia que de quien aprendieron.
No estoy a gusto con quienes presumen ser de una manera y a quienes su propio comportamiento les delata. La casualidad, pensamiento atribuido a Einstein, es la manera que tiene Dios de mantenerse en el anonimato. A mí ese pensamiento me lleva a ese otro del “todo pasa por algo”, en el que la causalidad tendría más peso que la casualidad, incluso que ese mismo dios que parece andar jugando al escondite cuando más necesaria se hace la confirmación de su existencia.
Está bien no acomodarse, sacudir la alfombra de la costumbre y abrir las ventanas para que, entre el aire, de lo contrario, acabamos dejándonos llevar por la desidia, como antesala de la muerte por envenenamiento, que conlleva el malestar de sostener relaciones enfermas.
Prefiero un silencio sentido antes que una palabra amable, un abrazo espontáneo más que mil besos al aire, pero sobre todo prefiero que quien me elija en su vida sienta que en la mía hay espacio para la ternura y para la rabia, para la discusión y el acuerdo, para ser sin miedo y estar sin previo aviso, y que sepa que puede ser que algún día, a Mercurio le dé por tocar los cojones, y esa corriente magnética propicie impulsos irrefrenables de mandar un mensaje inoportuno, despistarse en una fecha importante, o revolver el cajón de las emociones como quien recita un poema de Lorca sabiéndose bola negra.
Si me dan a elegir (te imagino tarareando el “Me quedo contigo” de Los Chunguitos) yo me quedo con la gente sin filtro, con la que habla y actúa impulsada por el músculo zurdo que nos mantiene vivos. Y es que el corazón puede fallar, pero mentir, no miente.


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