"El odio es el arma arrojadiza con la que algunos pretenden imponer sus ideas

2026-10-18

Tres palabras

Suelo pensar mucho últimamente en las madres de los hijos de puta. Esas que, sin ser sospechosas de ser putas, y a veces ni siquiera madres, reciben de propina el título.

Supongo que casi todos hemos sido en alguna ocasión hijos de puta en boca de alguien, incluso en las de las mosquitas muertas que se comen a las despiertas y reinventan el insulto con cara de no haber roto un plato así lleven a cuestas el dorsal 7291+1.

Ser madre implica también cargas y responsabilidades que no nos corresponden. Eso tampoco te lo cuenta nadie antes de tener un hijo. Ahora bien, entre esas señoras madres a las que no ponemos cara por más que sus hijos sean protagonistas de la actualidad, hay una, en la que pienso mucho.

No sé su nombre, y tampoco me importa. Intento entender cómo me sentiría yo si fuera ella, la madre de un chaval que se cuela en los trenes. Pienso que no deja de ser una gamberrada, aunque ya tenga edad de tener pelos en los huevos, por más que la tendencia sea la depilación genital. Bien, le disculpo, eso creo. Es mi hijo. También trato de comprender cómo me sentiría si mi hijo fuera fascista y alentara desde sus redes sociales a acabar con los rojos de mierda. La cosa se complica: yo misma pensaría que mi hijo es un hijo de puta, aunque yo fuera la santa que no soy. Porque no es lo que yo le he enseñado, porque no es lo que ha vivido, pero, sobre todo, porque no está bien. Porque nadie tiene derecho a tratar a nadie con ese odio, porque nadie debería permitirse perseguir, acosar, mentir y encender la mecha de ese terrorismo de los que algunos han hecho una forma de vida. Aunque los hijos sean como la casa de Maricarmen: nunca son de tu propiedad por más que no concibas la vida sin ellos.

Me pongo en el lugar de esas madres cuyos hijos van llamando hijo de puta, al dictado y de manera totalmente impune, a Pedro, a los acampados, o a los periodistas, y creo que sufriría más que siendo esas a las que van dirigidas sus protestas inadmisibles, no por cuanto tengan de reivindicación, sino por la inexistente carga de razón: cualquier atisbo de raciocinio se disipa en cuanto emerge la violencia como eje invertebrado del alegato.

Y cuando intento sentirme en la piel de quienes reciben todo el odio y el desprecio que caben en esas tres palabras, no entiendo cómo es posible resistir manteniendo la compostura sin despeinarte, así seas el presidente del gobierno o del Rayo Vallecano. 

El odio es el arma arrojadiza con la que algunos pretenden imponer sus ideas, sin que el pensamiento crítico o el razonamiento tengan espacio en sus mentes.

Siento compasión por las madres de los hijos de puta que llaman hijos de puta a otros, y luego está Magdalena, la señora que creció en Vallecas, que cuando sus hijos se fueron haciendo mayores decidió estudiar y a sus cuarenta años se matriculó en Derecho sin imaginar que algún día su hijo sería el presidente al que la España fascista atacaría sin piedad.  Sean como sean los hijos ¿qué culpa tienen las madres?


 

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