"O que llamara el otro día a mi puerta un vecino para preguntarme cuándo iban a venir a arreglar el ascensor. 

2026-02-22

Ocho días de oro

Me dijo que era un hombre sencillo, culto y especial.  Y que le encantaba cómo escribía, y mis labios, y mis poemas y toda yo. Y también que había sido un atleta reconocido hasta que le dio por la escritura y que impartía clases en un instituto y ostentaba un cargo provincial relacionado con el deporte, y que había vivido en muchos países y que hablaba muchos idiomas. Y que le ponía muy cachondo. Y que se moría de ganas de venir a verme, y llevarme a comer, y follar conmigo, y que estaba seguro de que yo era su puerto, su destino final después de tantos bandazos. El tipo parecía majo, pero estaba como una puta regadera. Entre la primera conversación y la última pasaron ocho días y me sobraron siete para darme cuenta. Sí, estas cosas me pasan. 
O que llamara el otro día a mi puerta un vecino para preguntarme cuándo iban a venir a arreglar el ascensor. Me contó que la noche anterior se había caído otra vecina y tuvo que ser trasladada y atendida en urgencias y que los de la ambulancia hubieron de bajarla en volandas por las escaleras y lo mismo a la vuelta. 
A la media hora, otra vez el timbre. Otra vecina con el mismo sermón de que cuándo iban a venir a arreglar el ascensor, que su perra era muy mayor y que “se ha hecho daño en la cadera de tener que subir y bajar las escaleras porque pesa mucho y está muy viejita, y yo no la puedo coger en brazos y claro, a ver quién me paga a mí ahora el veterinario y las medicinas”. Teniendo en cuenta que vivo en un bajo y que por ese motivo no cojo el ascensor de los cojones, que no me relaciono con los vecinos más que lo justo y necesario, que aun siendo la presidenta de la comunidad nadie me había avisado de la avería, y que mi intuición la empleo en otras cosas más importantes, no me faltaron ganas de mandarlos con viento fresco a los tres: a la vecina, al vecino y al entrañable soplagaitas del principio, el que quería meterme de todo, menos miedo.
Me sentí un poquito Pedro Sánchez: con el escritor por cuánto de apetecible le resultaba mi estampa, y con los vecinos por hacerme creer que era responsable de sus desgracias. Como cuando Mazón no le dijo a Sánchez, help, ayúdame, pero le faltó tiempo para señalarle como responsable del resultado de la tragedia. Tan a gustito estaba el hombre en El Ventorro con el calentón propio del almuerzo y del postre, que se le fue al cielo el santo de la responsabilidad y del cargo. De integridad y moral ya ni hablamos.  Sí, ya sé que la comparación se me ha ido de las manos, pero entiende, Mari, que tú no puedes venir a preguntarme con cara de pocos amigos que cuándo va a venir el técnico del ascensor si cuando se estropea nadie viene a decírmelo, dando por hecho que debía saberlo como si para acceder desde el portal a mi casa tuviera que hacer uso de un aparato que pago como todos y no uso, y tal vez en la creencia de que dedico el tiempo libre a sacar una bola de cristal que me permita anticiparme a las averías del edificio. Las cosas no son así, chati, no.


 

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