"la felicidad es como un regalo de los Dioses del Olimpo, que se da cuando uno ocupa su lugar en el mundo.

2026-03-14

La guinda del pastel

En una entrevista a Josep Maria Fericgla, escritor y antropólogo, le escuché decir, preguntado acerca de la felicidad, que la felicidad no ha de buscarse, que hacerlo es como coger aire con las manos, y concluía aseverando con una certeza desconcertante, que la felicidad es como un regalo de los Dioses del Olimpo, que se da cuando uno ocupa su lugar en el mundo.

En cuanto lo escuché, me acordé —y no para bien— de los dioses y de todas sus generaciones enteras, contra quienes cargué la rabia que produce esa sensación de estar viviendo una vida que no me pertenece, porque si el lugar que ocupo en el mundo es el que me corresponde, no tuve demasiada suerte en el reparto de la dicha y de los lugares.

Luego me sentí terriblemente mal por haber pensado que no era afortunada pensando en la mala vida de miles, millones de personas en el mundo que no tienen un techo, agua caliente, un pedazo de pan que llevarse a la boca o están siendo víctimas de una guerra, de cualquier guerra, en cualquier lugar. Todo es tan relativo, que en cuanto nos sometemos al filtro de la comparación, raro es que salgamos perdiendo: siempre hay alguien que vive mejor, pero lo más habitual desde el primer mundo, es que vivamos mejor, aunque estamos tan acostumbrados a vivir donde nos ha tocado, que no tenemos en cuenta que quizá la suerte sea esa.

Sin embargo, hay personas felices viviendo en condiciones precarias. Me viene a la cabeza esa felicidad casi innata del pueblo cubano, o la de cualquier tribu indígena o africana. La teoría de Fericgla no acaba de convencerme, porque se deduce de ella que la felicidad no es un derecho de nacimiento, ni un estado por el que podamos transitar todos los seres humanos, y me resultó tan antidemocrático e imperfecto que los dioses no nos permitieran a todos por igual ser felices, que decidí que, si su opinión fuera una estatua, yo querría ser una paloma.

Me dio por pensar qué es lo que yo misma consideraba felicidad. No sé lo que es. Sé que me gusta estar en calma, saber que los míos están bien, pintar, cocinar, meditar, escribir, leer, la sobremesa después de un almuerzo entre amigos, la risa de mis sobrinos, la de mi hijo, la de cualquier niño y algunas cosas más. Sin embargo, aun cuando vivo esas situaciones, no tengo la sensación de ser feliz plenamente. Y eso me lleva a otro pensamiento: la felicidad es a la vida lo que el orgasmo al sexo, cuando la concebimos como un fin, como la culminación de algo, y probablemente la sensación de insatisfacción que produce no vivirla tenga más que ver con no apreciar el presente que con no tener lo que creemos que es la guinda del pastel. La mayoría del tiempo estamos haciendo cosas que no nos encantan rodeados de personas que no nos gustan, como eslabones de la cadena en la que tenemos lugar dentro del sistema, y esa esclavitud, creo yo, es la que nos impide ser felices. Porque está muy bien eso de intentar encontrarla dentro de uno mismo, pero es que no tenemos tiempo ni para rascarnos la conciencia.


 

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