FLORI TAPIA 

"Era todo un acontecimiento cada vez que venían. 

2025-12-14

Javi

Javi vive en Alemania desde hace muchos años. Ya tenía su vida hecha cuando sus padres decidieron volver a España después de varias décadas trabajando allí. Es un tipo enigmático, tiene ese mirar que crea cierta inseguridad, una mirada que es como un filtro, como una máquina de la verdad a pleno rendimiento, que no juzga, solo observa y mira con atención.
Desde antes de que su padre empezara a tener despistes preocupantes y hasta que el diagnóstico disipó cualquier duda sobre su enfermedad, solía venir a verles no menos de dos veces al año. Le gusta visitar al resto la familia aunque sea un rato, y a mí me encanta tener la sensación de que con ese gesto es capaz de acortar los más de dos mil kilómetros que nos separan el resto del año.
Su padre es mi tío, y antes de ser el marido de mi tía era el mejor amigo de mi madre, desde niños. Cuando era joven se parecía mucho a Rod Stewart y sigue manteniendo ese aire. A mí me resultaba una extravagancia que tanto mis tíos como mis primos parecieran netamente extranjeros solo por el hecho de vivir en Alemania siendo mis tíos de un pueblo de Jaén.  Tenía mucho que ver la forma de vestir, y sobre todo el calzado, porque ahora la moda no tiene fronteras, pero hace treinta o cuarenta años se regía por patrones más autóctonos.
Muchas veces viajaban desde allí, cerca de Hamburgo, a Madrid, en coche. Cada año era un coche distinto, también eso me llamaba mucho la atención, y una parte del maletero se reservaba para disponer paquetes de salchichas que luego repartían a la familia.
Era todo un acontecimiento cada vez que venían. Recuerdo de aquellos años las conversaciones en la terraza de mi casa con mi tío. Hablábamos y nos reíamos mucho. Porque siempre ha tenido un punto picante en las charlas más relajadas y en eso no ha cambiado, aunque a veces no recuerde mi nombre ni que acaba de contar lo mismo que hace cinco minutos.
Javi empezó a venir con más asiduidad en cuanto percibió que entre un viaje y otro la enfermedad había avanzado más de lo esperado. Si esto fuera un cuento de Navidad podría terminar diciendo que él cree que es el último año que podrá reconocerle, porque a su padre ya le cuesta llamarle por su nombre, y que lo que fueron unos ojos de un azul intenso sean ahora dos gotas de agua manchadas de olvidos. Por esto esta vez no ha venido para tres semanas.  
Encara con naturalidad un proceso que no es fácil y que yo ya viví muy de cerca con mi abuela. Por natural que sea la vejez, es devastador ver en lo que se convierte alguien a quien la enfermedad le ha hecho añicos la mente.
Hace unos días charlando con Javi, la conversación me llevó a aquella terraza en la que tantos ratos pasamos hablando su padre y yo mientras nos fumábamos un cigarro. Hubo un momento en el que sus ojos marrones se hicieron pequeños y azules y sentí que volvía a hablar con mi Rod Stewart, como si fuera él mi tío. Se me saltaron las lágrimas. Pero el abrazo de Javi es un rompeolas. Y terminamos celebrando la vida. Es lo que toca.


 

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