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"échate la rebeca por si refresca. |
2026-06-14
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Calor

Siendo ya verano sin que sea verano, me puedo hacer una idea de la que se avecina. Lo hablaba hace unos días con una compañera: la gente confunde churras con merinas, verano con vacaciones y calor con buen tiempo. No, el buen tiempo no puede ser estar a treinta y pico grados en el mes de mayo, ni en julio. Ni en agosto. A menos que te pillen en la playa, en la piscina, o bajo la alcachofa de una ducha. ¿Cómo va a ser bueno si a los 37’7 ya es fiebre? No me jodas.
Sin querer anticiparme a lo que está por venir, no tiene buena pinta el verano que ha empezado a asomar la patita antes de tiempo. Porque incluso aunque nada peor de lo que ya ha pasado sucediera, el calor tiene una capacidad extraordinaria de hacer que todo resulte asfixiante, sin hablar de la presión que supone para las mujeres con cuerpos no normativos exponernos a la tiranía de los cánones de belleza de las redes sociales. Y no vale tener una autoestima equilibrada, no. Porque ante una mirada que juzga sin piedad, no hay madurez emocional que valga. Sí, hay miradas asesinas, maleducadas, dañinas, que escudriñan la delgadez, la gordura, la fealdad, la belleza, la flaccidez, la tersura; y si no te has reconocido nunca en una mirada así, es que eres tú quien la tiene.
No hace falta ser muy intuitiva para presagiar incendios, algún descalabro político o judicial (más), o alguna de esas muertes incomprensibles que tienen lugar cuando a alguien se le olvida un bebé en el coche, a cuarenta grados a la sombra, o a una araña violinista le da por ejecutar el Réquiem de Mozart si le tocas los cojones. Bueno, es un decir. Porque según los expertos, tienen muy buen carácter y no sé exactamente si las arañas tienen huevos, ovarios o antenas parabólicas entre las patas. Tú me entiendes, cariño.
No solo los bichos salen con el calor, también lo peor de cada uno aflora en una especie de enajenación estival derivando en discusión cualquier conversación, y en navajazo limpio una reunión de vecinos.
En realidad, pretendía hablar del calor más que de desgracias, pero es que el calor de por sí, ya tiene lo suyo. Porque el verano no encanta por su temperatura: si le quitamos las vacaciones, el gazpacho, el terraceo y las siestas, dime tú a quién coño puede gustarle levantarse empapado después de una noche tropical sin descanso. Si por noche tropical sin descanso hablamos de una sesión de sexo desenfrenado con un señor de acento meloso, piña colada va, mojito viene, te lo compro, pero no es a eso a lo que me refería.
El verano es la sombra del recuerdo de lo que fuimos, pero no nos engañemos, ya no queda nada de aquella felicidad de cines de verano, polos de naranja y grillos en la ventana. Por eso ya estoy deseando que termine sin haber empezado, y que llegue octubre con sus noches de lluvia en las que de un pensamiento nace un sueño.
Los veranos que añoro son mis abuelos, un paseo y esa frase que resuelve mi nostalgia en seis palabras: échate la rebeca por si refresca.
Pero ya nunca refresca. Y no tengo rebeca.


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