"Cada vez valoro más esos ratos en los que me permito no hacer nada, 

2026-05-31

Calma

Todo es presura ahora. Nos estamos dejando quitar lo más valioso que tenemos: el tiempo. Ser consciente de ello es lo único que nos permite frenar en seco, ponernos en jarras y decir “por ahí, no”. Tengo yo una amiga que cuando un cliente la metía prisa, le despachaba con un “caballero, las urgencias, en los hospitales”. Claro, hablo de cuando llamabas al médico y te daban cita para el mismo día, y los hospitales estaban para eso, para las urgencias. Pero como quiera que se sigue votando a la derecha como si quien lo hace no supiera las consecuencias de su voto para lo público, pues así nos va. Paso de hablar de política hoy y de la vergüenza y el asco que me producen la incultura y la falta de humanidad que caracterizan a los adalides del neoliberalismo, que ni son nuevos ni liberales, más bien carpetovetónicos tirando a cromañones.

Lo contrario a la urgencia es el café que me estoy tomando mientras escribo, las siestas de verano sin reloj, escuchar una canción sin tener prisa porque suene la siguiente, una sobremesa tranquila. Pero vivimos agendados, planificando todo, y en esa planificación dejamos de hacer algo que nos apetece y nos sienta bien, porque hay otro plan después. Y así un día, tras otro. No tener tiempo para aburrirnos es uno de los males de esta era, porque aburrirse es necesario y además es un proceso que reactiva la creatividad sin tener que pasarnos las horas muertas meditando con música de 963 Hz, también conocida como la frecuencia de Dios, para estimular la glándula pineal, o lo que es lo mismo, el tercer ojo. Y lo dice esta meditadora que escribe.

Cerramos las puertas al aburrimiento como si fuera un agujero negro, la boca de un lobo dispuesto a engullirnos, sin apenas saber disfrutar de esa maravilla cuando te pilla sin nada que hacer, porque el aburrimiento también se hace presente con según qué personas o haciendo según qué cosas, pero aburrirse por no tener nada qué hacer es un lujo.

Cada vez valoro más esos ratos en los que me permito no hacer nada, lo que los italianos, con su acento engolado, llaman “dolce far niente” y en castellano equivaldría a la expresión “tocarse el papo con las dos manos”, pero sin tocarse y sin manos. No hacer nada, ni el huevo, y que esa inactividad estimule la creatividad mandando a paseo a los pensamientos rumitiavos cediendo protagonismo a esas otras ideas que no pueden aflorar cuando la mente es la que toma el pulso dictado por el quehacer diario.

El camino hacia la calma pasa por disfrutar del silencio, de la solitud, del amor propio, de la asertividad, de priorizarnos y de poder elegirnos para pasar tiempo con nosotros mismos. Y hacer de este proceso una rutina, es el pasaporte a lo que hoy por hoy considero que más se acerca a la felicidad, si es que no lo es.

No hay nada que me parezca más placentero y excitante que disfrutar de mis estados de calma, y si la felicidad es otra cosa, te la regalo, porque no hay nada más triste y desesperanzador que buscar la felicidad fuera de uno mismo.


 

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