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"A veces la demora es sensata. No toda espera es cobardía. |
2026-08-23
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La vida en borrador

Todos tenemos una vida que aún no hemos empezado. Está al otro lado de este trabajo, de esta deuda, de este miedo. En ella dormimos mejor, llamamos a quien echamos de menos, viajamos a ese lugar cuyo nombre repetimos desde hace años y dejamos de pedir permiso para hacer lo que deseamos. No sabemos cuándo llegará, pero ordenamos el presente como quien prepara una habitación para un huésped.
Decimos «cuando pase esto». Cuando haya más tiempo. Cuando las cosas se calmen. Cuando nos sintamos preparados. Lo repetimos con tanta naturalidad que apenas advertimos la trampa. Siempre hay un después dispuesto a acogernos, una fecha sin señalar en el calendario a partir de la cual todo encontrará por fin su sitio.
Entretanto, tratamos los días como borradores. Comemos deprisa con la promesa de sentarnos otro día. Aplazamos una conversación porque hoy llegamos cansados. Guardamos para una ocasión especial aquello que terminará envejeciendo en un cajón. No es que ignoremos que el tiempo pasa. Es que nos comportamos como si, en nuestro caso, supiera esperar.
A veces la demora es sensata. No toda espera es cobardía. Hay decisiones que necesitan tiempo y heridas que no deben apresurarse. Pero otras veces el futuro es solo la forma más educada del miedo. Aplazar nos permite conservar intacta la posibilidad. Mientras no demos el paso, aún podemos imaginar que habría salido bien. No nos exponemos al fracaso, aunque tampoco permitimos que suceda nada.
También esperamos ser otra persona. Una versión más segura, más libre, menos herida. Nos exigimos estar terminados antes de concedernos aquello que deseamos, como si la alegría fuera un premio reservado a quienes han conseguido corregirse por completo. Convertimos nuestros defectos en aduanas: hasta que no desaparezcan, no nos dejamos cruzar hacia la vida que queremos.
Pero nadie termina consigo mismo. La vida no despeja la mesa antes de sentarse con nosotros. Llega mientras hay cuentas sin resolver, habitaciones desordenadas y preguntas que todavía no sabemos contestar. Tal vez por eso cuesta reconocerla. Esperábamos música y grandes decisiones, y suele parecerse más a un martes cualquiera, con sueño, trabajo y una llamada que no convendría seguir posponiendo.
No se trata de abandonar las responsabilidades ni de vivir como si el mañana no existiera. El mañana existe y conviene cuidarlo. Pero no debería exigir como sacrificio todos los días que lo preceden. Preparar la vida también puede convertirse en una manera de mantenernos a salvo de ella.
Algún día miraremos atrás y quizá descubramos que aquella etapa provisional tuvo nuestra edad, nuestra casa, la voz de las personas que amábamos y todas las oportunidades que creíamos estar reservando para después. No habrá una versión definitiva esperando al final de la página.
La vida que esperábamos no venía después. Era esta, pasando en voz baja mientras nosotros seguíamos corrigiéndola.


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