"Nos han educado para admirar la cima y apenas nos han explicado quién sostiene la escalera. 

2026-08-09

El valor de no brillar

Nos han convencido de que ser una persona corriente es una forma educada de no haber llegado a ninguna parte. Hay que destacar, dejar huella, ser alguien. Como si al nacer no fuéramos ya alguien y necesitáramos que el mundo nos expidiera un certificado de importancia.

Antes bastaba con aprender un oficio, criar a los hijos, pagar las facturas y procurar no hacer daño a nadie. Ahora hasta la felicidad debe presentar resultados. Si cocinas bien, abre un canal. Si corres, compite. Si escribes, vende. Disfrutar en silencio empieza a parecernos falta de ambición.

Así hemos ido rebajando el valor de cuanto no llama la atención. Decimos que alguien «se ha quedado» en el pueblo, en la tienda, en el mismo trabajo, como si permanecer fuese perder y marcharse, vencer. Preguntamos a los jóvenes qué quieren ser, pero en realidad les preguntamos hasta dónde piensan llegar. Así aprenden que una vida modesta necesita justificarse.

Mientras dormimos, alguien prepara el pan, limpia un pasillo de hospital, conduce el primer autobús. Alguien cambia el pañal de un padre que ya no recuerda su nombre; alguien vuelve con la espalda rota y pregunta, antes de sentarse, cómo te ha ido el día. No salen en ninguna parte. Basta con que falten una mañana para que el mundo empiece a no funcionar.

Lo peor no es que no los miremos. Es la condescendencia con que a veces lo hacemos: como si vivir sin brillo fuera vivir a medias, como si un sueldo pequeño midiera también el tamaño de una persona. Al que triunfa le atribuimos talento; al que permanece abajo le buscamos falta de esfuerzo. Así evitamos preguntarnos cuántas puertas recibió uno abiertas y cuántas encontró otro cerradas.

Pero cuidado con embellecer el sacrificio. Una limpiadora no necesita que la llamemos heroína mientras cobra una miseria. Quien cuida a un dependiente no vive del aplauso del domingo. Su dignidad no puede servirnos para hacer poesía con su cansancio y dejar intactas las condiciones que lo producen. Respetar también es pagar justamente y cuidar a quien cuida.

Quizá una vida valiosa no sea la que más lejos llega, sino la que deja menos frío a su alrededor. La de quien guarda una llave del vecino, comparte la comida sin fotografiarla, cumple su palabra, sabe acompañar en silencio. Gestos que no caben en una biografía y sin los cuales ninguna biografía merecería ser contada.

Nos han educado para admirar la cima y apenas nos han explicado quién sostiene la escalera. Hablamos de gente corriente con un desdén que casi nunca confesamos porque tememos parecernos a ella. Tememos no ser recordados, no dejar una marca, no haber sido excepcionales.

Tal vez el fracaso no consista en pasar por el mundo sin que todos sepan nuestro nombre. Tal vez consista en pasar por la vida de los nuestros sin haber sido importantes para ninguno.

La gente corriente no necesita que la convirtamos en heroica. Bastaría con dejar de tratarla como si hubiera fracasado.


 

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