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"Hemos dado por seguro al que vuelve cada noche, como si el amor supiera mantenerse solo. |
2026-11-01
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La costumbre de no estar

En el banco de la plaza caben cinco muchachos y una tarde entera. Se han citado para verse; ahora, inclinados sobre sus teléfonos, atienden otras vidas. Uno empieza a contar algo, busca una mirada y acaba por reírse solo, como si su historia tuviera poca importancia. El muchacho vuelve al teléfono, donde al menos sabrá si alguien ha leído lo que escribe. Alrededor, la luz se demora en las fachadas. Qué extraño resulta disponer de toda una tarde y dejar sin compañía a quien hemos venido a buscar.
Cruzan la plaza los adultos, con las obligaciones todavía prendidas de la ropa. Alguien acorta un saludo porque llega tarde; otros dos discuten y cada cual escucha lo imprescindible para preparar su réplica. A una amiga le prometemos un café que vuelve a quedarse sin fecha. La prisa tiene sus razones y sus acreedores; a veces apenas nos queda algo de nosotros para ofrecer a quien nos espera. Todo reclama urgencia y vamos concediéndosela, hasta que también el afecto adquiere el rango de trámite: una llamada pendiente, una visita que estorba, alguien que nos entretiene. Con qué facilidad termina pareciéndonos un obstáculo la persona por la que habríamos querido detenernos.
En la terraza, un hombre cuenta que en el trabajo le han hecho sentirse viejo. Su pareja asiente, aunque sigue preparando mentalmente la reunión de mañana. A ambos los ha rendido el día. Hablan bajo un mismo toldo y qué distancia cabe entre ambas sillas. Para pedir amparo elegimos a veces palabras tan corrientes que pasan por charla sin importancia; detrás de una anécdota de oficina puede haber una dignidad maltrecha, un miedo que todavía no se atreve a decir su nombre. Hemos dado por seguro al que vuelve cada noche, como si el amor supiera mantenerse solo.
A la pantalla le debemos también voces que la distancia nos habría quitado, amistades que resisten a los kilómetros, la cara de un hijo desde otro país. Las redes nos alejan de los más cercanos y nos acercan a los más lejanos: la paradoja se vuelve dolorosa cuando quien está a nuestro lado empieza a necesitar una ausencia para merecer nuestra atención. Me reconozco en esa impaciencia de comprobar si alguien ha escrito mientras una persona querida intenta contarme su día. Quizá confiamos demasiado en que seguirá ahí. De tanta familiaridad, acabamos por tratar su presencia con la displicencia reservada a las cosas que creemos nuestras.
En la terraza, el hombre termina diciendo que tampoco era para tanto. Su pareja acepta esa retirada sin advertir cuánto le ha costado empezar. Es posible que se quieran mucho, que hayan atravesado juntos años difíciles; precisamente por eso merece cuidado esa conversación pequeña, entregada al azar de un rato libre. Mientras se levantan, él guarda lo que iba a decir para una ocasión más propicia. Podemos ir perdiéndonos de esa manera, con todo el cariño intacto y cada vez menos noticias del otro. La confidencia que dejamos pasar no figurará después entre las llamadas perdidas.


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