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"Qué fácil resulta repartir el mundo cuando hemos decidido que toda la luz está de nuestro lado. |
2026-10-18
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La venda como bandera

De tanto defender la venda, acabamos bordándole un escudo. Con ella sobre los ojos se puede recorrer el mundo sin tropezar con una duda: basta con que otros señalen el camino y llamen enemigo a quien pregunte adónde vamos. Tiene algo de descanso esa oscuridad elegida. Fuera quedan las razones que incomodan y la posibilidad de haber vivido equivocados. Dentro, al abrigo de una certeza prestada, hasta la ceguera parece una manera de mirar.
Del mundo sabemos tan poco que debería darnos pudor repartir certificados de ignorancia. Hay quien no pudo estudiar y conserva intacta la curiosidad, y quien ha llenado de diplomas una pared para no dejar sitio a una pregunta. Lo preocupante empieza cuando el desconocimiento se vuelve motivo de orgullo, cuando aprender parece una humillación y se desprecia a quien explica por el solo delito de obligarnos a pensar. Se presume de no leer como si cada libro cerrado fuese una victoria sobre alguien, y de no entender como si entender significara obedecer. Entonces la venda se luce, y hasta se exige que los demás se la pongan.
Quien quiera aprovechar esa oscuridad tiene poco que explicar. Le basta ofrecer una pertenencia: un nosotros donde cualquier objeción parezca una traición. Se perdona antes un engaño compartido que una verdad a solas. La fidelidad al grupo acaba pidiendo una extraña prueba de amor: renunciar a lo que nuestros ojos han visto. Una mentira puede abrigar más que una verdad que nos deja a la intemperie; por eso cuesta tanto abandonar ciertos refugios. La verdad pasa entonces a tener domicilio; si viene de la acera contraria, se le cierra la puerta. Así puede una conversación de sobremesa terminar en frontera, y una amistad de años quedar a merced de una frase. Qué fácil resulta repartir el mundo cuando hemos decidido que toda la luz está de nuestro lado.
Mientras pensamos en alguien a quien estas palabras le vendrían bien, convendría tocarse el nudo. También nosotros damos por buena una noticia porque nos favorece, o desmenuzamos una prueba hasta que solo quedan los pedazos que nos convienen. Y aunque el error sea evidente, queda el público: esos ojos ante los que preferimos seguir equivocados a parecer menos firmes. A veces la ignorancia se sostiene con una vergüenza que no confesamos. Saber mucho puede servir para hacerse una venda más sofisticada. Y hay una soberbia especialmente tenaz: la de quien ha leído lo suficiente para justificar que ya no necesita escuchar.
Aflojar el nudo puede costarnos el aplauso de los nuestros. Comprender algo que antes rechazábamos nos deja a veces solos, durante un rato, en una claridad incómoda. Aun así, merece la pena preguntarse cuánto estamos dispuestos a romper para conservar intacta una opinión. Porque la venda, llevada con orgullo, permite señalar culpables sin verles la cara; y de esa facilidad se alimenta una crueldad que siempre empieza creyéndose justa.


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