"Para comprender la gravedad de este momento, debemos rechazar la narrativa dominante que presenta la actual crisis cubana como consecuencia de su propia intransigencia o decisiones políticas.

2026-02-08

Manolo De Los Santos, scheerpost.com

3 de Febrero de 2026

https://giubberossenews.it/2026/02/03/lultimatum-di-trump-a-cuba-il-carburante-o-la-resa/

            Cuba está al borde de una grave escasez de combustible, una crisis que podría paralizar su economía e infligir un sufrimiento aún mayor y más profundo a sus 11 millones de habitantes. Esto no es una coincidencia geográfica ni un fallo de planificación. Es el resultado directo y calculado de las acciones del gobierno de Estados Unidos, más recientemente el bloqueo de combustible anunciado por la orden ejecutiva(1) de la administración Trump, que impone aranceles a cualquier país que venda petróleo a Cuba. Esto sigue a otra orden ejecutiva de Trump en abril de 2019, que activó el Título III de la Ley Helms-Burton, iniciando una política de amenazar a los transportistas y aseguradores de terceros países con devastadoras sanciones secundarias si entregaban petróleo a puertos cubanos.

            Para comprender la gravedad de este momento, debemos rechazar la narrativa dominante que presenta la actual crisis cubana como consecuencia de su propia intransigencia o decisiones políticas. Una evaluación objetiva revela que este bloqueo de combustible es la última táctica de una guerra de asedio económico de 65 años, librada por la principal potencia mundial contra una pequeña isla que se atrevió a afirmar su soberanía. La intervención de Trump en Venezuela solo confirma que esta escalada podría ser un peligroso precursor de un ataque militar contra otro país latinoamericano independiente.

            El bloqueo nunca fue simplemente una ruptura de los lazos entre Estados Unidos y Cuba. Como escribió el escritor colombiano y Premio Nobel Gabriel García Márquez en 1975, fue «un feroz intento de genocidio promovido por un poder casi ilimitado, cuyos tentáculos se extienden a todos los rincones del mundo». Esta lógica de aniquilación fue articulada desde el principio por los propios funcionarios estadounidenses. En un memorando fechado el 6 de abril de 1960, Lester Mallory, subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, advirtió fríamente: «La mayoría de los cubanos apoyan a Castro... La única forma previsible de distanciarse del apoyo interno es mediante la desilusión y el descontento basados en la insatisfacción económica y las dificultades». Desde su inicio, el bloqueo fue diseñado para sofocar la moral y forzar la rendición, una estrategia de terror económico disfrazada de política.

            Sin embargo, la conclusión predominante en los medios, proveniente de expertos de todo el espectro político estadounidense, a menudo sugiere que la crisis cubana es autoinfligida. Argumentan que si La Habana implementara "reformas importantes", privatizara su economía y se sometiera a lo que llama elecciones "libres y justas" según los términos estadounidenses, la crisis desaparecería. Este argumento requiere una ignorancia deliberada de la historia y una suspensión de la realidad material. Imaginemos un universo paralelo en el que el objetivo estratégico del gobierno estadounidense —el derrocamiento del gobierno cubano y la restauración de un régimen neocolonial flexible— simplemente se evapora mediante negociaciones. La historia no ofrece tales fantasías.

            Desde 1959, Estados Unidos ha librado una campaña implacable para destruir a Cuba, documentada en miles de páginas desclasificadas. Estas incluyen la invasión de Bahía de Cochinos, cientos de intentos de asesinato documentados contra Fidel Castro y otros líderes cubanos, la campaña de sabotaje y terrorismo Operación Mangosta, la introducción de patógenos mortales que diezmaron la población porcina de la isla y la guerra biológica que azotó a la población con dengue hemorrágico en 1981, matando a 101 niños. Como declaró el presidente cubano Miguel Díaz-Canel ante las Naciones Unidas: «Durante más de seis décadas, hemos sido víctimas de un bloqueo económico, comercial y financiero, el sistema de sanciones unilaterales más injusto, severo y prolongado jamás aplicado contra país alguno». El bloqueo, que el gobierno cubano estima que ha costado más de 1,3 billones de dólares e innumerables vidas debido a la negación de medicamentos y equipos, no es una política pasiva. Es, como dijo el intelectual cubano Fernando Martínez Heredia, «una forma de guerra permanente de baja intensidad».

            Con la disolución de la Unión Soviética en 1991, Washington intensificó su ataque mediante la Ley Torricelli (1992), la Ley Helms-Burton (1996) y una serie de medidas anunciadas por George W. Bush en 2004, cada una de las cuales endureció el cerco sobre la economía cubana. Incluso durante períodos de aparente deshielo, como el de Barack Obama, el objetivo subyacente se mantuvo inalterado. El acercamiento de Obama, incluida su visita a La Habana en 2016, fue visto por algunos como un intento de "cambiar" a Cuba mediante la participación ciudadana. Sin embargo, en un irónico giro del destino, muchos estadounidenses que visitaban Cuba por primera vez regresaron a casa transformados, pidiendo no un cambio de régimen, sino el fin del bloqueo y un acercamiento.

            Esta fugaz apertura se revirtió rápidamente con Donald Trump, quien impuso 243 nuevas sanciones contra Cuba, restringiendo severamente las remesas, los viajes y el comercio. Con Joe Biden, las sanciones se mantuvieron en vigor, perpetuando lo que García Márquez describió como un estado de sitio permanente: «La amenaza de invasiones armadas, el sabotaje sistemático y las provocaciones constantes fueron una fuente de tensión y una pérdida de energía humana para los cubanos mucho más grave que el bloqueo comercial».

            El asedio de Trump

            El bloqueo de combustible impuesto por la administración Trump representa una escalada sin precedentes de esta guerra. Al explotar el alcance global del sistema financiero estadounidense para aterrorizar a terceros países y empresas extranjeras, Estados Unidos ha militarizado eficazmente el mercado global contra una pequeña nación en desarrollo. El objetivo es claro: provocar el colapso mediante el castigo colectivo. Cuando Trump declaró que los cubanos "probablemente vendrían a nosotros y querrían llegar a un acuerdo", reveló la ilusión imperialista fundamental que ha impulsado la fallida política estadounidense durante más de seis décadas. Es la creencia de que una presión insoportable obligará a la rendición.

            Esta política cuenta con el apoyo de Marco Rubio y otros miembros de la reaccionaria Mafia Cubana de Miami, cuya visión del futuro de Cuba está inextricablemente ligada a un pasado neocolonial. Este pasado es crucial para comprender el conflicto actual. El proyecto MAGA, que busca reducir los derechos sociales y civiles en Estados Unidos, tiene un corolario en política exterior: la restauración de la dominación neocolonial estadounidense sobre Latinoamérica. Para Cuba, esto significa un regreso a la era anterior a 1959, cuando la isla era un enclave de la mafia estadounidense, que controlaba casinos y redes de prostitución, y de las multinacionales estadounidenses, que saqueaban sus recursos naturales bajo un régimen de segregación racial, analfabetismo y enorme desigualdad.

            El bloqueo de combustible es la máxima expresión de la guerra económica de Estados Unidos contra Cuba, ya que la energía es el elemento vital de cualquier economía moderna. Sin combustible, el transporte se paraliza, los generadores fallan y la producción y distribución agrícolas cesan.

            Como observó García Márquez durante su visita a la isla, «en aquella situación, había algo irremplazable: el petróleo». Destacó cómo los petroleros soviéticos recorrieron 12.000 kilómetros para garantizar que «no se interrumpiera ni un solo minuto de actividad en Cuba». Hoy, esa línea vital, que dependía en gran medida de las importaciones de combustible de Rusia, México y Venezuela, está bajo ataque directo. El 29 de enero de 2026, la administración Trump transformó una larga campaña de presión en un contundente instrumento de asfixia. Con una orden ejecutiva, transformó el sistema arancelario estadounidense en un arma contra cualquier nación que se atreviera a vender petróleo a Cuba(2). Ya no se trata de aislar o contener al pueblo cubano del resto del hemisferio; es una estrategia deliberada de asfixia económica total, una medida de agresividad sin precedentes desde la Guerra Fría.

            La escalada de Trump es la base de la "Doctrina Donroe" de su administración, una reinterpretación moderna de la Doctrina Monroe de 1823, que declara que toda Latinoamérica y el Caribe son propiedad de Estados Unidos. Tras el ataque ilegal a Venezuela el 3 de enero de 2026, Trump declaró claramente: "El dominio estadounidense en el hemisferio occidental nunca volverá a ser desafiado". Según esta doctrina, cualquier nación que opte por un camino independiente, especialmente uno que organice su economía en torno a las necesidades humanas, como el sistema de salud cubano, de renombre mundial, se considera una "emergencia nacional".

            La negativa de los líderes cubanos a capitular no está, por lo tanto, motivada, como afirman los críticos, por dogmatismo ni por un deseo de martirio. Está motivada por una clara comprensión de los objetivos del gobierno estadounidense y de siglos de lucha anticolonial. Renunciar a los principios a cambio de un alivio temporal no traería paz ni prosperidad; al contrario, conduciría a la completa reversión de la soberanía cubana. Por eso, a pesar del inmenso costo, Cuba nunca se ha rendido ante el bloqueo. Y también por eso Cuba ha expresado constantemente su disposición a negociar en igualdad de condiciones, pero nunca a negociar su existencia.

            Las consecuencias humanas del bloqueo de combustible son devastadoras. Los hospitales están racionando la electricidad, poniendo en peligro la atención médica. Las familias esperan horas para acceder al transporte público, que es intermitente. Los apagones de 20 horas o más se están convirtiendo en una pesadilla diaria. Sin embargo, incluso en esta crisis generada por Estados Unidos, la resiliencia del pueblo cubano es evidente.

            Para los estadounidenses, comprender esta situación exige romper con la extrema violencia de su gobierno hacia Cuba. El bloqueo de combustible no es un "desacuerdo político". Es un acto de terrorismo económico diseñado para fomentar el hambre, el sufrimiento y la inestabilidad, que culmina en la abdicación de un gobierno soberano. La firmeza de Cuba, contra viento y marea, sigue siendo un poderoso testimonio de que ni siquiera el imperio más poderoso puede extinguir el anhelo de dignidad y autodeterminación.

 

Notas

(1)https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2026/01/addressing-threats-to-the-united-states-by-the-government-of-cuba/

(2)https://www.whitehouse.gov/presidential-actions/2026/01/addressing-threats-to-the-united-states-by-the-government-of-cuba/


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