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"Se puede criticar sin convertir al otro en enemigo. |
2026-09-20
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Apartidista, no apolítico

No ser de un partido no significa pasar de la política.
Hay una confusión generalizada que conviene aclarar. A ver, ser apartidista no es ser apolítico. No es lo mismo. Ni de lejos.
Una persona apartidista no se casa con ningún partido. No lleva unas siglas por delante. Puede apoyar una propuesta y rechazar otra. Puede coincidir hoy con unos y mañana con otros. Decide según los hechos. Según lo que considera justo. Y, sobre todo, según el interés general.
Otra cosa, es decir: ‘Yo soy apolítico’. Esa frase se escucha mucho. A veces sirve para evitar una discusión. Otras veces nace del cansancio. También de la decepción. Se entiende. Hay promesas rotas, peleas internas y demasiados casos en los que los partidos parecen mirarse el ombligo.
Pero pasar de la política no hace que la política pase de nosotros. La política está en todos los espacios de socialización en los que intervenimos. Si la segmentamos, la política partidista está en el precio del alquiler. En la sanidad. En la escuela. En el transporte. En los impuestos. En el cuidado de los mayores. En la limpieza de la calle. En casi todo lo que toca nuestra vida diaria.
Por eso no podemos regalar nuestra voz. Ni dejar la cosa pública solo en manos de quienes viven de ella. La democracia no consiste únicamente en votar cada cierto tiempo. También es fiscalizar. Preguntar. Informarse. Escuchar. Reclamar. Proponer. Participar en el barrio. Cuidar lo común.
Participar no obliga a gritar. Tampoco a insultar. Se puede hablar claro y respetar al que piensa distinto. Se puede criticar sin convertir al otro en enemigo. Y se puede cambiar de opinión. Eso no es debilidad. Es sentido común.
Lo importante es no confundir a los partidos con la política entera. Los partidos son herramientas. La política es mucho más. Es decidir cómo queremos vivir juntos. Es poner límites a los abusos. Es repartir responsabilidades. Es buscar soluciones para todos, no ventajas para unos pocos.
El ‘soy apolítico’. Haber normalizado este aspecto de la vida, algo esencial y tan trascendente, ‘aparcar la política de nuestras vidas’ sin lugar a duda. Es una normalización aberrante para la democracia. Es una normalización muy grave. Es una decepción colectiva a la propia Humanidad.
Dejemos atrás el mantra de ‘soy apolítico’. Podemos ser independientes. Podemos ser apartidistas. Podemos desconfiar y exigir más. Pero no deberíamos desentendernos. Cuando está en juego la vida de todos, mirar hacia otro lado también tiene consecuencias. El interés general necesita ciudadanos despiertos. Ciudadanos libres. Ciudadanos que actúen.


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