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"...es, en primer lugar, la persona que escribe |
2026-09-09
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Escritor, ra

Un soneto es un soneto. Un verso es un verso. Y cabe decir que, en la literatura, en su mundo de egos, los hay quienes se creen soneto sin siquiera llegar a verso. Desde el ejercicio de la valoración; superior e inferior (…), los unos y los otros, recíprocamente, se necesitan: versos y sonetos. De no ser así, la igualdad rompería la superación y los estatus quebrando contrapesos.
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Emece Condado 3͏0͏ ͏ de ͏a͏g͏o͏s͏t͏o͏ ͏a͏ ͏ las ͏5͏:͏5͏7͏ ͏p͏͏͏m͏ Hay algo que cada vez entiendo menos: la obsesión por publicar. No por escribir. Por publicar. Parece que cualquier texto tiene que acabar convertido en libro. Portada, ISBN, presentación, foto en redes sujetando el ejemplar y vuelta a empezar. Autopublicas. Coeditas. Pagas. Publicas. Repites. Y no: la autopublicación y la coedición te dan un libro publicado. No una acreditación de escritor. Mucho menos un certificado de calidad literaria. Luego están los egos. Ese género maravilloso. Te mandan un manuscrito para que lo valores, pero no quieren una valoración. Quieren una valoración profesional siempre que la valoración concluya que han escrito una obra extraordinaria. Y cuando les dices que hay fallos, incoherencias o aspectos que mejorar, resulta que el problema eres tú. No has entendido su obra. No sabes valorar. No has hecho bien tu trabajo. Incluso deciden no pagarte el último plazo porque, escándalo, no les has dicho que todo está de puta madre. Eso no es querer una valoración profesional. Eso es contratar un espejo y enfadarse porque devuelve la imagen. Publicar no te hace buen escritor. Publicar cinco veces, tampoco. Y pagar para publicar no mejora una sola línea. Quizá convendría recordar algo muy sencillo: terminar un manuscrito no lo convierte en una buena novela, y convertirlo en libro tampoco. Así que lanzo una pregunta al aire: ¿En qué momento dejamos de querer escribir mejor y empezamos a conformarnos con publicar más? Porque el ISBN se compra. El criterio, no. 🄴🄼🄴🄲É 🄲🄾🄽🄳🄰🄳🄾 #Escribir #MundoEditorial #Autopublicación #Literatura #EmecéCondado |
Moralmente, hoy, he considerado escribir mi reflexión sobre lo relatado en el enmarcado anterior, visto en el muro del Facebook de mi amigo Juan Armenteros Rubio.
Echa esta aclaración de la fuente y tras la introducción que corresponde al primer párrafo que encabeza este artículo.
Como escritor que soy. Acreditado por la Real Academia Española (RAE). Al igual que acredita al carpintero, al pintor o al jardinero… Cabe defender y defiendo que, ante un texto literario o libro, y disponiéndome a su lectura, tras concluir ésta, por pura cuestión de gusto, legítimamente, podré decir; me gusta, no me gusta. Ya que no soy 'juez a' alguno, lo que no haré es valoración literaria cualquiera —el tú no vales o tú sí vales— porque respeto el trabajo de escribir. Cualquier persona que tiene la capacidad de coherentemente contar algo sobre un papel en blanco, llene un folio, cien páginas o algunos cientos, merece reconocimiento.
Claro que no, Emecé Condado. No es la portada, ni el ISBN, ni la foto en redes lo que convierte a alguien en escritor. Pero tampoco lo convierte en impostor. Conviene empezar por ahí, porque el debate sobre la autopublicación suele contaminarse con una superioridad moral —soneto verso— tan discutible como aquello que pretende denunciar. Según la Real Academia Española, escritor es, en primer lugar, la “persona que escribe”, y también el “autor de obras escritas o impresas”. Esa definición no exige el aval de una editorial tradicional, ni un comité de sabios, ni una bendición crítica previa. Exige escritura. Y, en su segunda acepción, obra escrita o impresa. Nada más y nada menos.
Por eso resulta problemático afirmar que autopublicar o coeditar “no acredita” a nadie como escritor. Si la frase quiere decir que publicar no garantiza calidad literaria, es difícil no estar de acuerdo. Para quienes se empeñan en la valoración literaria. Un libro malo sigue siendo malo, aunque tenga lomo, solapas y depósito legal. Pero si se pretende negar la condición de escritor a quien escribe y publica por vías no tradicionales, entonces la afirmación se desmorona. Ante este mundo de la valoración. Se puede ser escritor mediocre, escritor principiante, escritor irregular o escritor excelente. Lo que no parece razonable es reservar la palabra solo para quienes superan un filtro comercial o estético determinado.
La confusión nace de mezclar dos planos distintos: identidad y mérito. Ser escritor no equivale a ser buen escritor, igual que ser músico no equivale a ser Mozart ni ser pintor equivale a colgar en el Prado. La calidad se discute; la práctica se constata. Quien escribe, trabaja un texto y lo ofrece a los lectores participa del oficio, aunque su resultado —desde la valoración— sea discutible. El juicio crítico podrá ser severo, incluso demoledor, pero no debería convertirse en aduana ontológica: tú sí eres escritor, tú no.
También conviene desmontar otra comodidad del argumento: presentar al autor autopublicado como ego herido por sistema. Claro que existen egos frágiles, clientes que piden una valoración y solo aceptan aplausos, autores que confunden corrección con ataque personal. Pero esa caricatura no agota la realidad. También hay escritores que autopublican porque no encuentran espacio en un mercado saturado, ya que trabajan géneros minoritarios, porque desean controlar sus tiempos o porque han decidido no pedir permiso para existir literariamente. Que algunos se engañen no convierte a todos en farsantes.
El criterio, desde luego, no se compra. Pero tampoco lo monopoliza una editorial, un lector profesional o una tradición concreta. El criterio se forma escribiendo, leyendo, corrigiendo, escuchando, equivocándose y volviendo a empezar. Publicar más no debería sustituir a escribir mejor; en eso el texto acierta. Sin embargo, publicar tampoco debería presentarse como una mancha, ni la autopublicación como una coartada de vanidad. A veces es simple consecuencia de escribir: terminar algo y ponerlo en circulación.
Tal vez la pregunta no sea cuándo dejamos de querer escribir mejor para conformarnos con publicar más. Tal vez la pregunta sea quién tiene derecho a decidir desde fuera cuándo una persona que escribe merece llamarse escritora. La RAE ofrece una respuesta sobria y poco elitista: escritor es quien escribe; autor, quien produce una obra. Otra vez más el mundo de la valoración entrando en acción, y exclusivamente con su venia: La excelencia vendrá después, si viene. Pero negar el nombre antes de leer la obra no es criterio: es prejuicio.
Como hoy percibo alrededor de mi cuerpo el aura creativa acabaré diciendo que: Hemos llegado a la finalización de este particular congreso de grafemas. Y lo hacemos concluyendo que: La cultura es vida. La literatura es su hija. Ay de aquellos quienes se creen soneto sin llegar a ser verso. Y lo dice un simple grafema, que lo es este humilde relator.


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