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"Está más que divulgado que el N. 47 no ceja en desear usurpar lo que no le pertenece a la nación que gobierna, pero su mal va más allá del susodicho mal endémico. |
2026-01-24
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Locura, mal endémico

En estos tiempos en el que prima todo, y al mismo tiempo no prima nada, y en los que cualquier opinión deja de ser patrimonio en cuanto sale de los dominios del pensamiento y se hace verbo, se podría decir que la locura no es un diagnóstico de locos-as, sino un mal derramado del caldero de la maldad que se extiende lentamente como una mancha de aceite malo y refrito que nada más mancha y pringa a quien lo huele, le salpica, resbala con él, o decide embadurnarse a conciencia con su negrez.
Hace mucho tiempo que tengo conciencia que nada es casualidad. Que todo lo que obviamos, no es que no exista, sino todo lo contrario. Es, está y siempre aguarda al plan perfecto que el destino le tiene diseñado para que nos sorprenda una vez más.
¿Quién no conoce un loco o una loca, o a ambos, más allá de los dominios de nosotros mismos? Seguro, que sí. Incluso, es un adjetivo muy usado coloquialmente que utilizamos de forma alegre con el que etiquetamos a quienes sueltan el freno de sus acciones y quieren simplemente vivir sin correas ni cuerdas que le aten a… ¿?
Pero, lejos de esas sanas y visionarias personas, están los locos malvados. Sí, esos locos verdaderos, que han perdido el Norte, y peor aún que están sustentados por más locos (porque de otra forma no podrían mover un dedo) que amenazan con mover fronteras de aquí y de allí, para acá y para allá, porque quieren ser los mayores ególatras de este redondo planeta.
Está más que divulgado que el N.º 47 no ceja en desear usurpar lo que no le pertenece a la nación que gobierna, pero su mal va más allá del susodicho mal endémico. Resulta que cuando la locura se mezcla con accidentes físicos en la naturaleza humana, y saltan chispazos porque los cables se han pelado, solo es fruto de que las neuronas fallan a un nivel estratosférico invisible, dejando fehaciente de qué malo es el cabeza visible. Pero es terrorífico pensar todo lo que hay bajo la punta del iceberg en la oscuridad en que manejan los hilos que marcan lo que debemos consumir, las enfermedades que debemos padecer, las guerras que deben estallar, los millones de personas que deben de desaparecer, el entretenimiento que nos debe sorber los sesos, las vacunas que nos deben inocular, y así hasta una larguísima lista, que a veces no sabes que es mejor si saber o ignorar.
Y entonces, cuando tienes conciencia de que nada es casualidad, y todo es planificado por el destino, además de por el dedo del hombre en el corto espacio-tiempo llamado libre albedrío, que se nos concedió como seres que somos con ente propio, ¿cuál es la solución para que no nos roben la paz? ¿Psicoterapia y fármacos? ¿O mejor cambiamos nuestros hábitos de oír, ver y callar, y aplicamos soluciones estructurales?
Tú eliges.


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