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Hiroshima – nevers
El ángel
Este es el ángel de las pequeñas cosas. El que recoge hilos, hebras, filamentos del tiempo perdidos en el sumidero de la historia.
Más invisible que ninguno, efímero y tenaz, ángel mínimo que rescata y ovilla la esperanza, retiene el fulgor de lo vivido en lo que fue ceniza, disolución, innumerables montones, montañas de cabellos, indiferente pacto del olvido.
Él las escoge una a una, pues cada hebra es un nombre, una historia, un acontecer y la lleva consigo como si fuera un principio, como si no hubiera sucedido. La sostiene entre sus manos de ángel translúcido y todo comienza como una promesa: el cumplimiento de la carne que fue humo, silencio estremecido, humillación o grito.
Es el que recoge una hebra del cabello de la mujer rapada, insultada, zarandeada por las calles, escupida por los hombres y la sostiene en el aire invisible de la piedad.
La mujer
“Era mi primer amor”, dice, arañando la pared, enloquecida, sin uñas, alimentada de salitre, cal y yeso, reclinada sobre sí misma, en el sótano del desprecio. “Muchachita de nada”, “muerta de amor en Nevers”. La que amaba lo prohibido y ahora confunde cuerpos, lugares, la desbordada alegría cuando desciende escaleras camino del río, los niños, una canica en la mano, el delirio.
Y ahora, lejos y tan cerca, el encuentro, la carne, el sudor, gotas de piedad resbalan entre los cuerpos, mientras el amor de esta única noche, el abrazo, las palabras dichas como oración o letanía, “Hiroshima, Nevers”, cuerpos calcinados, edificios retorcidos, niños en llamas, y él fusilado junto a una tapia y ella cabizbaja, en silencio, sin lágrimas, ausente mientras el pelo cae al suelo.
“Pequeña rapada de Nevers, yo te doy al olvido esta noche”.
Tú, que siempre me has acompañado, descansa pues abrazo otra piel y digo otro nombre, en él tampoco habita el consuelo: “Hiroshima, ese es tu nombre”.
Te olvido, te estoy olvidando, amor de lejos, eres una ciudad que dejó de existir, te miro como quien contempla ruinas y desolación. He olvidado a la pequeña rapada, la muchachita de nada que correteaba por Nevers. No volveré a verte, pero tu nombre permanece conmigo: “Hiroshima, mi amor, mi culpa, mi inocencia”. Escapaba por la noche en bicicleta, “un año tardó en crecerme el pelo”, cuánto tiempo para dejar Nevers, cuánta espera hasta encontrarte. “Hiroshima, mi amor, mi culpa, mi inocencia”.
El joven
Esto escuchó el joven de una mujer y esto fue lo que entonces le dijo el ángel sosteniendo una hebra del pelo de ella, la que confundía nombres de ciudades imposibles, la que comió salitre y culpa, la que amó como aman las inocentes, las humilladas.
Esto dijo el ángel sosteniendo entre sus dedos un pelo invisible de la mujer, esto escuchó el joven: “Ninguna humillación consentirás. No olvides Hiroshima, mas tampoco Nevers. Toda causa, por noble que sea, la envilece el desprecio. No olvides nunca la piedad. Solo por ella serás justificado.”
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Mujer que cuida un jardín
Al atardecer, en la hora del silencio, del vuelo presuroso, con la suavidad del día que declina, cuando dibujan los pájaros la despedida de la luz, en la hora incierta en que todo calla y desciende, la mujer cuida el jardín.
El hombre que la acompaña contempla los minuciosos gestos, reconoce –pues los vio en otra mujer– la plegaria repetida, la lenta costumbre de acariciar el mundo, lo que es eternidad, instante regresado, incólume presencia, poda del tiempo, lo posible venidero, lo que fue y es ahora destello, iluminación.
El hombre ve una mujer inclinada también en lo pequeño, lo que se limpia, lo que se corta, entre geranios, en otro jardín, otro atardecer, otra luz, otro tiempo. Y sabe que es el mismo jardín, el mismo
asombro, idéntica ternura, la luz herida del mundo salvada en la paciencia del cuidado, en la tierra empapada, iluminando con una sonrisa la permanencia.
Como si el tiempo volviera en la mujer que ama y que cuida el mundo con idénticos gestos, el mismo afán, la misma alegría. Como si todo fuera regreso, descubrimiento, luz que declina, desciende, envuelve.
El hombre contempla el milagro. En silencio.
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Anochecer en el rompido
Abre el mar el libro de las preguntas. Las barcas varadas en cieno de marisma, cárdeno atardecer, belleza imposible. Silencio y espera. Lejanas voces de niños. Farolillos encendidos, palmeras. una larga flecha de arena. un tiempo lento. Preludio y despedida. Conjuga tu presencia la luz que declina. Hace más leve la herida.
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El mar. La ausencia
Como si el mar tuviera alguna respuesta, fuera disolución o permanencia –de espaldas la habitación del padre.
Instante del recuerdo sin imagen ni figura, solo signo, palabra: padre muerto, veraneo, ausencia, habitación junto al mar.
Y la única realidad este azul intenso, indecible, que no es, que no puede ser, palabra. Olas que esperan horizonte, lo inalcanzable, otra disolución, otro olvido en la inmensidad.
Permanece el mar, como si tuviera respuesta.
El recuerdo es un esfuerzo de lenguaje.
Ausente la figura solo la palabra evoca, conmueve, rescata.
De ti solo queda el nombre que pronuncio. En el lugar que fue tu muerte.
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Cuando las ranas críen pelo
Pues ha sido escrito: “cada hebra es un nombre, una historia, un acontecer”. La mano del ángel que sostiene este único pelo, casi invisible como su presencia, detiene el tiempo y todo regresa pues aquí vive la vida no cumplida, la imposible espera, el advenimiento de la justicia o el clamor repetido de todas, todos, los humillados.
Delgada y frágil, casi sin voz, como si naciera su palabra de un pozo profundo, tanteando las sombras, buscando la luz, con un bastón en la mano, erguida, junto a la carretera secundaria (aquí todo, dolor, memoria, justicia, todo ha sido secundario) su espalda tan cerca del quitamiedos (ironía de esta historia de carreteras secundarias). La mujer está. María Martín permanece. ¿La sostiene el ángel invisible? ¿O es el aire, la luz, lo ingrávido?
Todo fue preciso. La humillación es –al menos en este país– un rito exacto, calculado, perfeccionado en siglos de desprecio, repetidos sambenitos por calles empedradas o caminos de barro, procesiones de odio, bulliciosos autos de fe. Todo con su medida exacta: un litro de aceite de ricino y 20 guindillas para las mujeres (embarazadas o no), las mayores de 12 años. Para las niñas medio litro y 10 guindillas (cuestión de aprendizaje). Era en el cuartel de la Guardia Civil.
María pregunta: “¿Dónde está Dios?”
¿Estaba en los niños que tiraban piedras, en las gentes del pueblo, en sus risas, sus insultos? ¿O todo era ausencia?
Tal vez sostenía el dolor el ángel invisible, el de la oculta esperanza de las siempre humilladas. Refutación de un Dios ausente, alas rotas por el vendaval de la historia, piedad entre escombros, inerte presencia.
El padre en la siega (verano, Pedro Bernardo, Castilla) horas abrazando a la niña
(Faustina, ya fría, inerte, en la cuneta). Arrodillado en tierra, con un puñado de zarzas en las manos, sin sangre, sin voz. Y la niña, (los seis años de medio litro y 10 guindillas) mirando. Ojos abiertos de una memoria encendida.
Todo se resuelve en un hilo. El que sostiene la mirada de la niña, el que está en la voz, la afonía, el pozo, la cuneta. En la voz rota que dice: “esta mujer sigue esperando que las ranas críen pelos”.
En la cuneta, junto a la carretera, sigue esperando. Y el ángel de los desposeídos de la tierra, los humildes, los que en la noche de los siglos claman justicia, las de voz afónica, las erguidas en el tiempo del desprecio. Él, que sostiene la hebra caída de la memoria, sabe que un día les crecerá pelo a las ranas.
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Lo que permanece
Se diría tan lejano como si casi no hubiera sucedido como si el polvo de las horas grises secara la audacia la nieve o palabras encendidas la incesante lluvia del amanecer el instante del No multiplicado
Como si hubiera sucedido y ya no fuera
Pero permanece (y habla)
Cómo olvidar el hueco por el que fuimos heridos la interrupción el costurón de la historia el segundo suspendido el vacío que fue multitud acuerdo unánime diferencia lo no dicho por tantas voces el discurso roto la ausencia la espera la escucha y su temblor (la acción y el grito)
Cómo olvidar que fuimos
Hilvana memoria y silencio tira despacio del hilo aguza el oído
para no olvidar que fuimos
Para ser mañana (como ahora somos) el hueco que hicimos.
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En este lugar
Como si pudiéramos leer el mundo la inestable infinita correspondencia de formas la semejanza y sus contornos el enigma o asombro repetido de la luz la fugaz eternidad de nube o pájaro y aún los astillados hirientes fragmentos de la historia sus catástrofes sucesivas Como si algo perdido recóndito un origen o promesa o término tuviera sentido y lo distante se aproximara como el pájaro al silencio y así de improviso la semejanza se hiciera visible y sentir el hilo tenue que hilvana hechos sucesivos analogías trenza figuras teje y desteje traza signos sorprende imprevistos En este lugar que de nuevo exige como hábito el coraje y la lucidez mira las horas: la palabra nace como urgencia necesaria aliento y se teje con la acción y la pausa ilumina explica convoca llama es temblor se adelgaza se busca en la espera se encuentra en la luz Como si pudiéramos leer el tiempo entender el mundo descifrar el oculto alfabeto los signos heridos olvidados piedra árbol o razón como si la claridad nos perteneciera en este lugar
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¿A partir de cuándo? ¿A partir de cuándo el ángel, el pájaro, desde cuándo la herida, el canto, lo quebrado, el asombro, la suave permanencia, la luz, desde cuándo la música, su ingrávido descenso, la claridad bañando el mundo, la palabra escalando la noche, vaticinando gira que gira el gozne, lo entreabierto, la cadera herida, la piel marcada, lo que rodea y abraza, lo circunciso, la agrietada fidelidad, la fraterna constancia de lo que contemplan los contemplados a partir de cuándo el silencio y sus sombras, desde que tiempo sin tiempo horada renuncias, enumera traiciones, olvidos, cuándo. Quién escuchó el pájaro, la luz, la carne, quién la dijo, desde dónde la inventó, la bautizó y sacralizó el instante, lo venidero como esperanza, un sueño terso que adivina lo posible, lo nunca acaecido y sin embargo siempre preguntado, indagado en temblor, hueco, cuenco de vigilia, descenso, regreso.
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¿A partir de cuándo el pájaro, la luz? ¿desde cuándo el cazador, el oscuro silencio? ¿a partir de cuándo?
Cuando llegó el verbo y fue sangre, boca, saliva, cuando pobló, nombró, dijo, permaneció.
Mas ¿cuándo llegó el verbo? ¿cuándo el pájaro y su canto? ¿a partir de cuándo el canto? ¿cuándo su renuncia?
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El ángel de federico
Lo que asciende en la ausencia. Las notas detenidas, el asombro.
La grieta del tiempo, las hormigas como presagio, lo abierto en la herida. El piano cerrado, la espera. Lo que será temblor, duende en la noche, regreso, voz que tiembla, anunciación.
El ángel, Federico, escucha el cante roto, quebrado, el lamento infinito, el quejío, los pozos negros. Hay un hilo de agua, un tenue regreso de cristal y azogue. Una herida. El Generalife, el cauce de la memoria. Hay un hilo que lleva la voz y el agua, que asciende en la noche. Las alas del ángel, el más compasivo, el que dice “Federico” y te rescata.
“¿Dónde vas bella judía tan compuesta y a deshoras? Voy en busca de Rebeco, me espera en la Sinagoga.”
Está el lamento infinito de la guitarra, el piano cerrado, el cuarto imaginado.
Está el ángel de Federico: sostiene el canto, la memoria, el sueño, el regreso. Esta noche en que vuelves como si abrieras el piano y dejaras tu sonrisa en la voz que asciende, en el agua, en el silencio.
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Una pausa “Un rencor ya con pausa” Carolina Sayabera
Mira, contempla estos restos arqueológicos nunca por nadie excavados es tan poco (o es un exceso, una desmesura) es sólo lo que está semioculto por la maleza, apenas visible.
Ejercita la imaginación, sube a lo alto, contempla (el pueblo en la lejanía, silenciado, silencioso, el pueblo dormido ¿para siempre callado?)
Ves
la piedra donde se alzaba la bandera, se cantaba el cara al sol, se escuchaban las palabras del sacerdote (afilada piedad de los vencedores) “vuestras almas han sido perdonadas pero no hay perdón para vuestros cuerpos”
Imagina, pues se aprecian aún las líneas difusas, las piedras que dibujan el trazado del campo, los barracones y allí, en un extremo, la torreta de la mina.
Escucha los que aún hablan, los que pueden hablar, los no callados ni por la muerte ni por el miedo dicen o susurran cosas pavorosas.
Escucha los camiones en la noche, sus faros, los desaparecidos en la madrugada bajan la voz, dicen los arrojados por la boca de la mina, los tragados por la tierra, la madre arrebatada, el camión a plena luz atravesando el pueblo, las gentes mirando: piedad o desprecio, arrogancia o grito (callado, comido por el miedo).
Escucha, reposa la mano de una mujer en las piernas de su hermana aún mayor (pasa de ochenta) arropa con el gesto su dolor aún más indecible, más balbuceante después de tantos años: ¿olvido, rencor?
Imposible el olvido pues aquella mañana permanece.
Hoy es ayer, pero rencor, ¿rencor? Medita, luego mira a la cámara y dice sí pero es un rencor ya con pausa.
Pasa el tiempo, queda un hueco, un espacio, una huella, un intersticio hecho de restos, piedras casi ocultas, lacerantes recuerdos cada día más borrosos (mas igual de intensos) cuerpos perdidos.
Queda una extensa llanura donde leer signos, comprender lo que estuvo y aún permanece.
Hay desgajados pedacitos de tiempo, minúsculas muescas piedras, recuerdos, lindes, un paisaje casi borrado.
Hay entre la muerte el olvido y la memoria una pausa.
Escucha el hueco, el eco, mira atiende al silencio. Palpita una ausencia
una pausa
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La persistencia (MaternIdad en Elne)
Como si quedara adherido a los objetos algo del enigma del bien bañando con una luz antigua este lugar y los ojos que contemplan la serena belleza que aquí habita, rescoldo de gestos que aún viven. Como si lo aquí sucedido (la nobleza, las risas el solícito cuidado) lo aquí nacido, ocultado, lo salvado, volviera siempre en paredes, en rojo ladrillo, en tiempo detenido y fuera jardín, unos columpios, una verde, dilatada llanura y se hiciera escalera y ascendiera al alto torreón, a claridad de cristal y ropa tendida y viera un horizonte abierto a la esperanza, una sencilla e inabarcable belleza. Como si una mujer de nuevo cansada escalara sombras, desprecio, negando campos, persecuciones, como si este espacio ahuyentara por siempre el hedor del mal, lo sucedido y lo venidero. En esta pajarera de cristal, jaula de luz donde se contempla el Rosellón, el cercano pueblo, su catedral, el lejano Canigó, los montes de una patria inalcanzable. Aquí en lo alto de este torreón, este castillo encantado hecho de esfuerzo, tenaz resistencia, una obstinación de luz, un coraje día a día repetido, hecho blancura, acogimiento, donde una mujer mira el paisaje y libre vuela entre cristales, en lo más alto de la esperanza y anida sus sueños en el mañana. Ahora asciendo, llevo su ropa, sus risas, entro en los tibios cuartos, oigo los gritos, los llantos recién nacidos, los juegos, las canciones de nuevo cantadas (qué música de barrio o verbena o infancia) acompaño su torpe caligrafía, las postales de una Navidad de mujeres barbudas como reyes, mínimos juguetes y un baile improvisado con canciones que lo mismo dicen en muchas lenguas, con ellas entro en las salas, los limpios cuartos que son gotas de nostalgia bautizados con nombres de un regreso imposible: Madrid, Barcelona, ciudades, pueblos dejados atrás, las sílabas de lo vivido. Cuartos para lavar, para dormir, para coser, para parir, para cantar, para contar, cuartos nombrados
como niños que corrieran libres por las calles de la infancia. Salvada de la arena del espanto, de las playas del viento y el frío, de las barracas, Pepita llamaron a la niña primera aquí nacida y luego tantos otros nombres acunados por una terca camaradería de madres trenzando el futuro. Así llegaron como a un mundo donde hubiera espacio, a un tiempo que pudiera pertenecerles. Y como si fuera hijo oculto de un exilio, sin raza, sin patria, como si volviera a la tierra ingrata que le expulsó, le llamaron Antonio, y dieron un nombre gentil como cristiano o sólo derrotado: tú, niño judío que cobijaron con el engaño de otra lengua otros niños o niñas confundidos con la luz. Y todo, cada gesto mínimo, cada niña recién nacida, cada juego, cada risa, todo permanece, como si este palacete de blanco y rojo ladrillo, de escalinatas que ascienden a una azotea de luz y cristal o bajan a un sótano con acuarelas, como si esta casa nos cobijara en el regreso del tiempo y fuera aún habitada y envolviera un temblor donde los justos permanecen. Contemplas verdad y belleza, vives el misterio de la bondad: mujeres hilando, amamantando, tejiendo risas, acunando lo recién nacido, lo ahora y siempre salvado. Este hermoso palacio, esta inmensa llanura, este azul, este jardín de juegos, esta azotea donde el tiempo precipita un vértigo de suave descenso a lo cálido, lo húmedo, lo recién lavado, cortado, lo que fue nombrado en las sombras y permanece. Para que contemples la bondad y la belleza, el misterio de su persistencia.
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Limpiando playas de palabras
Llega el tiempo de salvar la palabra abrir al vuelo la carne herida. Ahora salvar palabras restañar limpiar una a una recogerlas en su vuelo roto sopesarlas en su carne sentir su temblor y limpiar (vendado el pico obligado silencio de la restauración) su estremecido pálpito de alas sucias vendidas manchadas chapapoteadas y rescatar la inocencia del cormorán el niño herido el pavor el incesante peregrinar de las aves su vuelo exacto y necesario Llegó el tiempo de limpiar las playas de sucias obscenas petroleadas palabras tan heridas como peces o pájaros o verdades de conocer el peso exacto de la carne y la palabra de sostener con tenues manos el temblor asustado del vocablo y la materia.
Para saber que las palabras pesan palpitan sangran como pájaros o niñas como un mar herido y mueren como peces mueren como hombres mujeres algas playas Llega el tiempo de curar heridas de sentir como fiebre la insomne piedad que se inclina con desvelo sobre los alfabetos rescata animales rocas sentido y devuelve el hálito ausente la densidad y la transparencia Llegó el tiempo de conocer el peso exacto de la carne palabra y luego ahora mismo abrir el vuelo.
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En el silencio Haced el silencio, tiene ruido la vida. Aquí estamos los dos, dame un aquí del mundo. (José Viñals)
Se ha hecho el silencio. Hay una blancura indemne, una lluvia vertical, el presentimiento y su sombra. Cesó el ruido del mundo. Respiras ya sin esfuerzo las limpias escalas del tiempo, las variaciones, el arte exacto de la fuga, las trémulas líneas de la intemperie. Sólo notas. Música. No hay ruido. Aquí no hay esfuerzo, José, ya no hay esfuerzo. Hay otra luz que tampoco es silencio. Y estamos aquí, de nuevo los dos leyendo el libro del mundo, lo que tú nos dejas, palabras frotando el tiempo, lamiendo la eternidad, limpiando heridas, ausencias.
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