ALFREDO INFANTES DELGADO 

"La tensión culturalista del poema-río

2025-11-30

Antonio Crespo

Antonio Crespo Massieu (Madrid, 1951) es licenciado en Filosofía y Letras (Filología Hispánica) por la Universidad Complutense y Diplomado en Estudios Portugueses por la Universidad de Lisboa. Ejerció de profesor de literatura española en Enseñanza Secundaria. Ha publicado la antología comentada Una mano tomó la otra. Poemas para construir sueños (Comunidad de Madrid, 2002), en coautoría con Pedro Hilario, Roberto Bravo y Fernando Cañamares. Desde 1997 ha sido responsable de las páginas literarias de la revista Viento Sur, de cuya redacción ha formado parte. 
Ha escrito ocho poemarios, habiendo obtenido diferentes premios, y también ha publicado trabajos de investigación y de creación literaria en diferentes revistas, y poemas suyos también han sido incluidos en varias antologías poéticas, como la conocida La paz y la palabra, Letras contra la guerra (2003), o en Voces del extremo. Es autor de un libro de relatos y también de una novela que fue finalista del Premio de Novela Ateneo de Madrid, y además ha estrenado un par de textos dramáticos. Desde 2007 organizó y presentó el ciclo Poesía en el Bulevar en la Casa de Cultura y Participación Ciudadana de Chamberí, Madrid, hasta su cierre decretado por el Ayuntamiento en 2012.
Dice de él Matías Escalera Cordero: ...estoy convencido de que Antonio Crespo Massieu, permanecerá en la futura crítica de la poesía española del tránsito del siglo veinte al veintiuno como el poeta de la memoria y de las injustas ausencias que han provocado tanto la barbarie como el tiempo –a lo largo del temible siglo XX–, los dos más acérrimos enemigos del hombre y de la vida. Una, la barbarie, de naturaleza histórica; otro, el tiempo, imbatible fuerza cósmica.
Y él mismo nos dice: Sí, en mi poesía, la memoria histórica forma parte de mi memoria personal, es parte de mi vida, incluso de mi vida no vivida o vivida vicariamente a través de la literatura, el cine, la música, la pintura, los ensayos históricos, los relatos orales, el compromiso cívico. Y esto es apreciable, de un modo más o menos acusado, en todo lo que he escrito.
Y también: Y respecto a la poesía “tardoadolescente” que se propaga por Internet y que ocupa estanterías y mesas de novedades de las librerías, lo grave no es que exista, pues casi todos hemos escrito en nuestra adolescencia necesarios desahogos emocionales, más o menos torpes, que creíamos que eran poemas, sino el enorme negocio que se ha levantado sobre estos balbuceos seudolíricos. Lanzamiento comercial, enormes tiradas, astronómicas cifras de beneficios para editores y también para los autores… Un desmesurado espacio en las librerías, en las listas de libros de poesía más vendidos, que, incluso, ha obtenido el aval de colecciones de poesía de larga trayectoria y premios de prestigio. Ejemplo perfecto de una literatura de consumo atenta solo a las exigencias del mercado. Y, como también señalas, la otra característica es la renuncia a la tradición, su carácter autorreferencial, poetas que se leen y citan solo a sí mismos y, por tanto, la imposibilidad de crecimiento, de avanzar en el proceso de escritura.
Podremos o no estar más o menos de acuerdo con esto último, pero ya no os caliento más la cabeza. Os dejo con su poesía. Disfrutadla.

Hiroshima – nevers

El ángel

Este es el ángel de las pequeñas cosas. El que
recoge hilos, hebras, filamentos del tiempo
perdidos en el sumidero de la historia.

Más invisible que ninguno, efímero y
tenaz, ángel mínimo que rescata
y ovilla la esperanza, retiene el fulgor de lo
vivido en lo que fue ceniza, disolución,
innumerables montones, montañas de
cabellos, indiferente pacto del olvido.

Él las escoge una a una, pues cada hebra es
un nombre, una historia, un acontecer y la
lleva consigo como si fuera un principio,
como si no hubiera sucedido. La sostiene
entre sus manos de ángel translúcido y todo
comienza como una promesa: el
cumplimiento de la carne que fue humo,
silencio estremecido, humillación o grito.

Es el que recoge una hebra del cabello de la
mujer rapada, insultada, zarandeada por las
calles, escupida por los hombres y la sostiene en
el aire invisible de la piedad.

La mujer

“Era mi primer amor”, dice, arañando la pared,
enloquecida, sin uñas, alimentada de salitre, cal y yeso,
reclinada sobre sí misma, en el sótano del desprecio.
“Muchachita de nada”, “muerta de amor en Nevers”.
La que amaba lo prohibido y ahora confunde cuerpos,
lugares, la desbordada alegría cuando desciende escaleras
camino del río, los niños, una canica en la mano, el delirio.

Y ahora, lejos y tan cerca, el encuentro, la carne, el sudor,
gotas de piedad resbalan entre los cuerpos,
mientras el amor de esta única noche, el
abrazo, las palabras dichas como oración o
letanía, “Hiroshima, Nevers”, cuerpos
calcinados, edificios retorcidos, niños en
llamas, y él fusilado junto a una tapia y ella
cabizbaja, en silencio, sin lágrimas, ausente
mientras el pelo cae al suelo.

“Pequeña rapada de Nevers, yo te doy al olvido esta noche”.

Tú, que siempre me has acompañado,
descansa pues abrazo otra piel y digo otro
nombre, en él tampoco habita el consuelo:
“Hiroshima, ese es tu nombre”.

Te olvido, te estoy olvidando, amor de lejos, eres
una ciudad que dejó de existir, te miro como
quien contempla ruinas y desolación. He
olvidado a la pequeña rapada, la muchachita de
nada que correteaba por Nevers.
No volveré a verte, pero tu nombre permanece conmigo:
“Hiroshima, mi amor, mi culpa, mi inocencia”.
Escapaba por la noche en bicicleta, 
“un año tardó en crecerme el pelo”,
cuánto tiempo para dejar Nevers, 
cuánta espera hasta encontrarte.
“Hiroshima, mi amor, mi culpa, mi inocencia”.

El joven

Esto escuchó el joven
de una mujer y esto fue lo que entonces le dijo el
ángel sosteniendo una hebra del pelo de ella, la
que confundía nombres de ciudades imposibles,
la que comió salitre y culpa, la que amó como
aman las inocentes, las humilladas.

Esto dijo el ángel sosteniendo entre sus dedos un
pelo invisible de la mujer, esto escuchó el joven:
“Ninguna humillación consentirás.
No olvides Hiroshima, mas tampoco Nevers.
Toda causa, por noble que sea, la envilece el desprecio.
No olvides nunca la piedad.
Solo por ella serás justificado.”

***

Mujer que cuida un jardín

Al atardecer, en la hora del silencio,
del vuelo presuroso, con la
suavidad del día que declina,
cuando dibujan los pájaros la
despedida de la luz, en la hora
incierta en que todo calla y
desciende, la mujer cuida el jardín.

El hombre que la acompaña contempla
los minuciosos gestos,
reconoce –pues los vio en otra mujer– la
plegaria repetida, la lenta costumbre de
acariciar el mundo, lo que es eternidad,
instante regresado, incólume presencia,
poda del tiempo, lo posible venidero, lo
que fue y es ahora destello, iluminación.

El hombre ve una mujer inclinada también
en lo pequeño, lo que se limpia, lo que se
corta, entre geranios, en otro jardín, otro
atardecer, otra luz, otro tiempo.
Y sabe que es el mismo jardín, el mismo

asombro, idéntica ternura, la luz herida del
mundo salvada en la paciencia del cuidado, en la
tierra empapada, iluminando con una sonrisa la
permanencia.

Como si el tiempo volviera en la mujer que ama y
que cuida el mundo con idénticos gestos, el mismo
afán, la misma alegría. Como si todo fuera regreso,
descubrimiento, luz que declina, desciende,
envuelve.

El hombre contempla el milagro.
En silencio.

***

Anochecer en el rompido

Abre el mar el libro de las preguntas.
Las barcas varadas en cieno de marisma,
cárdeno atardecer, belleza imposible.
Silencio y espera. Lejanas voces de niños.
Farolillos encendidos, palmeras.
una larga flecha de arena.
un tiempo lento.
Preludio y despedida.
Conjuga tu presencia la luz que declina.
Hace más leve la herida.

***

El mar. La ausencia

Como si el mar tuviera alguna respuesta,
fuera disolución o permanencia
–de espaldas la habitación del padre.

Instante del recuerdo sin imagen ni figura,
solo signo, palabra:
padre muerto, veraneo, ausencia,
habitación junto al mar.

Y la única realidad este azul intenso,
indecible, que no es, que no puede ser,
palabra. Olas que esperan horizonte, lo
inalcanzable, otra disolución, otro olvido en la
inmensidad.

Permanece el mar, como
si tuviera respuesta.

El recuerdo es un
esfuerzo de lenguaje.

Ausente la figura
solo la palabra
evoca, conmueve,
rescata.

De ti solo queda el
nombre que pronuncio.
En el lugar que fue tu
muerte.

***

Cuando las ranas críen pelo

Pues ha sido escrito:
“cada hebra es un nombre, una historia, un
acontecer”. La mano del ángel que sostiene este
único pelo, casi invisible como su presencia, detiene
el tiempo y todo regresa pues aquí vive la vida no
cumplida, la imposible espera, el advenimiento de la
justicia o el clamor repetido de todas, todos, los
humillados.

Delgada y frágil, casi sin voz,
como si naciera su palabra de un pozo
profundo, tanteando las sombras, buscando la
luz, con un bastón en la mano, erguida, junto a
la carretera secundaria
(aquí todo, dolor, memoria, justicia, todo ha sido secundario)
su espalda tan cerca del quitamiedos
(ironía de esta historia de carreteras secundarias).
La mujer está. María Martín permanece.
¿La sostiene el ángel invisible?
¿O es el aire, la luz, lo ingrávido?

Todo fue preciso.
La humillación es –al menos en este país–
un rito exacto, calculado, perfeccionado
en siglos de desprecio, repetidos
sambenitos por calles empedradas o
caminos de barro, procesiones de odio,
bulliciosos autos de fe.
Todo con su medida exacta:
un litro de aceite de ricino y 20 guindillas para las
mujeres (embarazadas o no), las mayores de 12 años.
Para las niñas medio litro y 10 guindillas (cuestión de
aprendizaje).
Era en el cuartel de la Guardia Civil.

María pregunta:
“¿Dónde está Dios?”

¿Estaba en los niños que tiraban piedras, en las
gentes del pueblo, en sus risas, sus insultos? ¿O
todo era ausencia?

Tal vez sostenía el dolor el ángel invisible, el de la
oculta esperanza de las siempre humilladas.
Refutación de un Dios ausente, alas rotas por el
vendaval de la historia, piedad entre escombros,
inerte presencia.

El padre en la siega
(verano, Pedro Bernardo, Castilla)
horas abrazando a la niña

(Faustina, ya fría, inerte, en la cuneta).
Arrodillado en tierra, con un puñado de zarzas
en las manos, sin sangre, sin voz.
Y la niña,
(los seis años de medio litro y 10 guindillas)
mirando.
Ojos abiertos de una memoria encendida.

Todo se resuelve en un hilo. El que sostiene la
mirada de la niña, el que está en la voz, la
afonía, el pozo, la cuneta.
En la voz rota que dice:
“esta mujer sigue
esperando que las ranas
críen pelos”.

En la cuneta, junto a la carretera,
sigue esperando.
Y el ángel de los desposeídos de la tierra, los
humildes, los que en la noche de los siglos
claman justicia, las de voz afónica, las
erguidas en el tiempo del desprecio. Él,
que sostiene la hebra caída de la
memoria, sabe que un día les crecerá
pelo a las ranas.

***

Lo que permanece

Se diría tan lejano
como si casi no hubiera sucedido
como si el polvo de las horas grises
secara la audacia la nieve o palabras
encendidas la incesante lluvia del amanecer
el instante del No multiplicado

Como si hubiera sucedido
y ya no fuera

Pero permanece
(y habla)

Cómo olvidar el hueco por el que fuimos
heridos la interrupción el costurón de la historia
el segundo suspendido el vacío
que fue multitud
acuerdo unánime diferencia
lo no dicho por tantas voces
el discurso roto la ausencia la espera
la escucha y su temblor
(la acción y el grito)

Cómo olvidar
que fuimos

Hilvana memoria y silencio
tira despacio del hilo
aguza el oído

para no olvidar
que fuimos

Para ser mañana
(como ahora somos)
el hueco que hicimos.

***

En este lugar

Como si pudiéramos leer el mundo
la inestable infinita correspondencia
de formas la semejanza y sus contornos
el enigma o asombro repetido de la luz
la fugaz eternidad de nube o pájaro
y aún los astillados hirientes fragmentos
de la historia sus catástrofes sucesivas
Como si algo perdido recóndito
un origen o promesa o término
tuviera sentido y lo distante
se aproximara como el pájaro
al silencio y así de improviso
la semejanza se hiciera visible
y sentir el hilo tenue que hilvana
hechos sucesivos analogías
trenza figuras teje y desteje
traza signos sorprende imprevistos
En este lugar que de nuevo exige
como hábito el coraje y la lucidez
mira las horas: la palabra nace
como urgencia necesaria aliento
y se teje con la acción y la pausa
ilumina explica convoca llama
es temblor se adelgaza se busca
en la espera se encuentra en la luz
Como si pudiéramos leer el tiempo
entender el mundo descifrar
el oculto alfabeto los signos heridos
olvidados piedra árbol o razón
como si la claridad nos perteneciera
en este lugar

***

¿A partir de cuándo? 
 
¿A partir de cuándo el ángel, el pájaro, 
 desde cuándo la herida, el canto, lo quebrado, 
 el asombro, la suave permanencia, la luz, 
 desde cuándo la música, su ingrávido descenso,
 la claridad bañando el mundo, la palabra 
 escalando la noche, vaticinando gira que gira
 el gozne, lo entreabierto, la cadera herida, la piel 
 marcada, lo que rodea y abraza, lo circunciso, 
 la agrietada fidelidad, la fraterna constancia
de lo que contemplan los contemplados
a partir de cuándo el silencio y sus sombras,
desde que tiempo sin tiempo horada renuncias,
 enumera traiciones, olvidos, cuándo.
Quién escuchó el pájaro, la luz, la carne,
quién la dijo, desde dónde la inventó, la bautizó
y sacralizó el instante, lo venidero como esperanza,
un sueño terso que adivina lo posible, lo nunca acaecido
 y sin embargo siempre preguntado, indagado
en temblor, hueco, cuenco de vigilia, descenso, regreso.

¿A partir de cuándo el pájaro, la luz?
¿desde cuándo el cazador, el oscuro silencio?
¿a partir de cuándo?

Cuando llegó el verbo y fue sangre, boca, saliva,
cuando pobló, nombró, dijo, permaneció.

Mas ¿cuándo llegó el verbo?
¿cuándo el pájaro y su canto?
¿a partir de cuándo el canto?
¿cuándo su renuncia?

***

El ángel de federico

Lo que asciende en la ausencia.
Las notas detenidas, el asombro.

La grieta del tiempo, las
hormigas como presagio,
lo abierto en la herida.
El piano cerrado, la espera.
Lo que será temblor, duende en la noche,
regreso, voz que tiembla, anunciación.

El ángel, Federico, escucha el cante roto,
quebrado, el lamento infinito, el quejío, los
pozos negros. Hay un hilo de agua, un
tenue regreso de cristal y azogue. Una
herida. El Generalife, el cauce de la
memoria. Hay un hilo que lleva la voz y el
agua, que asciende en la noche. Las alas
del ángel, el más compasivo, el que dice
“Federico” y te rescata.

“¿Dónde vas bella judía tan compuesta y a deshoras?
Voy en busca de Rebeco, me espera en la Sinagoga.”

Está el lamento infinito de la guitarra,
el piano cerrado, el cuarto imaginado.

Está el ángel de Federico: sostiene el canto, la
memoria, el sueño, el regreso. Esta noche en
que vuelves como si abrieras el piano y dejaras
tu sonrisa en la voz que asciende, en el agua, en
el silencio.

***

Una pausa
“Un rencor ya con pausa”
Carolina Sayabera

Mira,
contempla estos restos arqueológicos
nunca por nadie excavados
es tan poco
(o es un exceso, una desmesura)
es sólo lo que está
semioculto por la maleza,
apenas visible.

Ejercita la imaginación,
sube a lo alto,
contempla
(el pueblo en la lejanía,
silenciado, silencioso,
el pueblo dormido
¿para siempre callado?)

Ves

la piedra donde se alzaba
la bandera, se cantaba
el cara al sol, se escuchaban
las palabras del sacerdote
(afilada piedad de los vencedores)
“vuestras almas han sido perdonadas
pero no hay perdón para vuestros cuerpos”

Imagina,
pues se aprecian aún
las líneas difusas, las piedras
que dibujan el trazado del campo,
los barracones y allí, en un extremo,
la torreta de la mina.

Escucha
los que aún hablan,
los que pueden hablar,
los no callados
ni por la muerte ni por el miedo
dicen o susurran cosas pavorosas.

Escucha
los camiones en la noche, sus faros,
los desaparecidos en la madrugada
bajan la voz,
dicen
los arrojados por la boca de la mina,
los tragados por la tierra,
la madre arrebatada, el camión
a plena luz atravesando el pueblo,
las gentes mirando: piedad o desprecio, arrogancia
o grito (callado, comido por el miedo).

Escucha,
reposa la mano de una mujer en las piernas
de su hermana aún mayor (pasa de ochenta)
arropa con el gesto su dolor aún más indecible,
más balbuceante
después de tantos años: ¿olvido, rencor?

Imposible el olvido
pues aquella mañana permanece.

Hoy es ayer,
pero rencor,
                  ¿rencor?
Medita, luego mira
a la cámara y dice

pero es un rencor
ya con pausa.

Pasa el tiempo,
queda un hueco,
un espacio, una huella,
un intersticio
hecho de restos,
piedras casi ocultas,
lacerantes recuerdos
cada día más borrosos
(mas igual de intensos)
cuerpos perdidos.

Queda una extensa llanura
donde leer signos, comprender
lo que estuvo y aún permanece.

Hay
desgajados pedacitos de tiempo,
minúsculas muescas
piedras, recuerdos, lindes,
un paisaje casi borrado.

Hay
entre la muerte
el olvido y la memoria
una pausa.

Escucha
el hueco,
el eco,
mira
atiende al silencio.
Palpita una ausencia

                                 una pausa

***

La persistencia
(MaternIdad en Elne)

Como si quedara adherido a los objetos
algo del enigma del bien
bañando con una luz antigua 
este lugar y los ojos que contemplan
la serena belleza que aquí habita,
rescoldo de gestos que aún viven.
Como si lo aquí sucedido
(la nobleza, las risas
el solícito cuidado)
lo aquí nacido, ocultado,
lo salvado,
volviera siempre en paredes,
en rojo ladrillo, en tiempo
detenido y fuera jardín, unos columpios,
una verde, dilatada llanura
y se hiciera escalera y ascendiera al alto torreón,
a claridad de cristal y ropa tendida
y viera un horizonte abierto a la esperanza,  
una sencilla e inabarcable belleza.
Como si una mujer de nuevo cansada 
escalara sombras, desprecio, 
negando campos, persecuciones,
como si este espacio ahuyentara
por siempre el hedor del mal,
lo sucedido y lo venidero.
En esta pajarera de cristal,
jaula de luz donde se contempla 
el Rosellón, el cercano pueblo, su catedral,
el lejano Canigó, los montes de una patria
inalcanzable. Aquí en lo alto de este torreón, 
este castillo encantado hecho de esfuerzo,
tenaz resistencia, una obstinación de luz,
un coraje día a día repetido, hecho blancura,
acogimiento, donde una mujer mira el paisaje
y libre vuela entre cristales, en lo más alto
de la esperanza y anida sus sueños en el mañana.
Ahora asciendo, llevo su ropa,
sus risas, entro en los tibios cuartos,
oigo los gritos, los llantos recién nacidos,
los juegos, las canciones de nuevo cantadas
(qué música de barrio o verbena o infancia)
acompaño su torpe caligrafía, las postales
de una Navidad de mujeres barbudas como reyes,
mínimos juguetes y un baile improvisado
con canciones que lo mismo dicen en muchas lenguas,
con ellas entro en las salas, los limpios cuartos
que son gotas de nostalgia bautizados con nombres
de un regreso imposible: Madrid, Barcelona, ciudades,
pueblos dejados atrás, las sílabas de lo vivido.
Cuartos para lavar, para dormir, para coser,
para parir, para cantar, para contar, cuartos nombrados

como niños que corrieran libres por las calles de la infancia.
Salvada de la arena del espanto,
de las playas del viento y el frío, de las barracas,
Pepita llamaron a la niña primera aquí nacida 
y luego tantos otros nombres
acunados por una terca camaradería
de madres trenzando el futuro.
Así llegaron como a un mundo donde hubiera espacio,
a un tiempo que pudiera pertenecerles.
Y como si fuera hijo oculto de un exilio,
sin raza, sin patria, como si volviera a la tierra
ingrata que le expulsó, le llamaron Antonio,
y dieron un nombre gentil como cristiano
o sólo derrotado: tú, niño judío 
que cobijaron con el engaño de otra lengua
otros niños o niñas confundidos con la luz.
Y todo, 
cada gesto mínimo,
cada niña recién nacida,
cada juego, cada risa,
todo permanece,
como si este palacete de blanco y rojo ladrillo,
de escalinatas que ascienden a una azotea
de luz y cristal o bajan a un sótano con acuarelas,
como si esta casa 
nos cobijara en el regreso del tiempo
y fuera aún habitada y envolviera
un temblor donde los justos permanecen. 
Contemplas
verdad y belleza,
vives el misterio de la bondad:
mujeres hilando, amamantando,
tejiendo risas, acunando lo recién
nacido, lo ahora y siempre salvado.
Este hermoso palacio, esta inmensa llanura,
este azul, este jardín de juegos,
esta azotea donde el tiempo precipita
un vértigo de suave descenso a lo cálido,
lo húmedo, lo recién lavado, cortado,
lo que fue nombrado en las sombras
y permanece.
Para que contemples
la bondad y la belleza,
el misterio de su persistencia. 

***

Limpiando playas de palabras

Llega el tiempo 
de salvar la palabra 
abrir al vuelo 
la carne herida. 
Ahora 
salvar palabras 
restañar limpiar 
una a una 
recogerlas 
en su vuelo roto 
sopesarlas 
en su carne 
sentir su temblor 
y limpiar 
(vendado el pico 
obligado silencio de la restauración) 
su estremecido pálpito de alas 
sucias vendidas manchadas 
chapapoteadas 
y rescatar 
la inocencia del cormorán 
el niño herido el pavor 
el incesante peregrinar de las aves 
su vuelo exacto y necesario 
 Llegó el tiempo 
de limpiar las playas 
de sucias obscenas petroleadas 
palabras 
tan heridas como peces 
o pájaros o verdades 
de conocer 
el peso exacto 
de la carne y la palabra 
de sostener con tenues manos 
el temblor asustado 
del vocablo y la materia. 

 Para saber 
que las palabras 
pesan palpitan sangran 
como pájaros o niñas 
como un mar herido 
y mueren como peces 
mueren como hombres 
mujeres algas playas 
 Llega el tiempo 
de curar heridas 
de sentir como fiebre la insomne piedad 
que se inclina con desvelo sobre los alfabetos 
rescata animales rocas sentido 
y devuelve el hálito ausente 
la densidad y la transparencia 
 Llegó el tiempo 
de conocer 
el peso exacto 
de la carne palabra 
y luego 
ahora mismo 
abrir el vuelo. 

***   

En el silencio
Haced el silencio, tiene ruido la vida.
Aquí estamos los dos, dame un aquí del mundo.
(José Viñals)

Se ha hecho el silencio.
Hay una blancura indemne,
una lluvia vertical,
el presentimiento y su sombra.
Cesó el ruido del mundo.
Respiras ya sin esfuerzo
las limpias escalas del tiempo,
las variaciones,
el arte exacto de la fuga,
las trémulas líneas de la intemperie.
Sólo notas.
Música.
No hay ruido.
Aquí no hay esfuerzo,
José,
ya no hay esfuerzo.
Hay otra luz
que tampoco es silencio.
Y estamos aquí,
de nuevo los dos
leyendo el libro del mundo,
lo que tú nos dejas,
palabras frotando el tiempo,
lamiendo la eternidad,
limpiando heridas,
ausencias.

 


 

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