"Hemos convertido algunos gestos públicos en una especie de control de asistencia moral.

2026-09-20

Solidaridad de uniforme

La solidaridad obligatoria es como una invitación de boda. Se llama invitación, pero prueba a ir sin regalo.

Antes del Elche-Real Madrid, los jugadores salieron al campo con una camiseta blanca con el mensaje «Todos somos caballas», dentro de una campaña de apoyo a Ceuta. Vinícius, Mbappé y Konaté también salieron con ella, pero evitaron mostrar el lema completo. Al menos Vinícius y Mbappé se la quitaron antes que el resto.

Y se montó el lío.

No sabemos por qué lo hicieron. Puede haber razones políticas, personales o simplemente puede que no quisieran llevar ese mensaje. Como ninguno lo ha explicado, meternos en sus cabezas sería hacer eso que se nos da tan bien: inventarnos la primera mitad y discutir furiosamente sobre la segunda.

Pero hay algo que sí sabemos: no mostraron el mensaje.

Quizá deberíamos quedarnos ahí.

Nos hemos acostumbrado a que las camisetas hablen por nosotros: contra el racismo, la violencia, una guerra o una causa social. Muchas son causas tan razonables que cuesta imaginar por qué alguien podría negarse. Precisamente ahí está la trampa.

Una cosa es apoyar una causa y otra estar obligado a demostrar públicamente que la apoyas.

Si yo decido ponerme una camiseta, estoy diciendo algo. Si alguien decide que hoy tengo que ponérmela, está hablando la camiseta. No yo.

Hemos convertido algunos gestos públicos en una especie de control de asistencia moral.

Camiseta puesta: presente.
Brazalete correcto: buena persona.
No se lo pone: a ver qué le pasa a este.

Defendemos la libertad de expresión cuando alguien quiere decir algo. Nos cuesta más aceptar que esa misma libertad incluye no decirlo.

Uno puede estar contra el racismo y no arrodillarse. Puede defender una causa y no ponerse un brazalete. Puede sentir solidaridad y no llevar una camiseta.

Y, atención, también puede no estar de acuerdo.

Esa es la parte incómoda de la libertad. No sirve únicamente para proteger las opiniones que nos gustan. Para eso no hace falta libertad; basta con estar todos de acuerdo.

Existe el argumento contrario. Un futbolista representa a un club, el club participa en una iniciativa y puede haber obligaciones profesionales.

Perfecto.

Pero entonces llamémoslo protocolo. No solidaridad.

Porque si el gesto es obligatorio, deja de decirnos qué piensa quien lo realiza. Solo nos dice que ha cumplido las instrucciones.

Hoy el mensaje de la camiseta puede parecernos estupendo. Mañana alguien puede decidir imprimir en ella uno que no nos guste tanto.

Y sospecho que ese día descubriremos todos, sin cursillo previo, el valor de la libertad individual.

Por eso, cuando alguien se pone una camiseta para apoyar una causa, quiero pensar que lo hace porque quiere.

Y cuando decide no hacerlo, prefiero preguntarme por qué necesito yo obligarle.

Porque cuando la solidaridad viene incluida con la equipación y después comprobamos en la fotografía quién la llevaba correctamente, quizá ya no estamos hablando de solidaridad.

Estamos hablando de uniforme.


 

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