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"Nos ahorramos leer, preguntar, dudar. |
2026-10-18
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Buitres

Hace cuatro años, cuando empecé La Tramoya, llegaron clientes. Y pasó algo que no estaba en ningún contrato: algunos acabaron siendo amigos.
Conozco a sus familias. He visto cómo les iba bien y cómo se les torcían las cosas. Los he visto trabajar, echar horas y preocuparse por llegar a fin de mes sin dejar a nadie sin cobrar.
Varios se dedican al sector inmobiliario.
Y ahora resulta que mis amigos son buitres.
Así, sin más. Porque venden casas. Porque trabajan en una inmobiliaria. Porque alguien ha decidido que, para explicar el desastre de la vivienda, necesitamos una cara a la que escupir.
A ver si nos entendemos. ¿Hay especuladores? Claro. ¿Hay sinvergüenzas haciendo negocio con la necesidad ajena? Por supuesto. Y habrá que perseguir los abusos, tengan el despacho donde lo tengan. Pero meter a todo un sector en el mismo saco es una forma bastante cómoda de no pensar demasiado.
Además, esto me suena.
Me acuerdo de las cajas de ahorros. De los políticos sentados en sus consejos, de los favores, de aquella mezcla de poder y dinero que acabó como acabó. Y recuerdo también lo rápido que aprendimos a decir «los banqueros», como si con eso quedara todo explicado.
Después, o antes, según qué capítulo de aquel desastre recordemos, llegaron «los constructores». Yo viví aquella burbuja. Vi cómo se hablaba de recalificaciones, de adjudicaciones, de negocios demasiado cerca de los despachos públicos. Pero era más fácil señalar a un gremio entero que ponerse a repartir responsabilidades una por una.
Y ahora, las inmobiliarias.
No pretendo absolver a nadie. Tampoco a mis amigos. Si uno hace algo indecente, que responda por ello. Precisamente por eso me niego a condenarlo antes de saber qué ha hecho.
Lo que me irrita es ver cómo funciona el truco. Tenemos un problema enorme, el de la vivienda, que lleva años haciendo la vida imposible a mucha gente. Y en lugar de discutir soluciones, nos ponen delante un culpable con nombre genérico y ya está, a gritar.
¿Y nosotros? Encantados. Nos ahorramos leer, preguntar, dudar. Nos entregan la indignación lista para consumir y encima presumimos de tener criterio propio. Es como pedir comida a domicilio, pero con las ideas. Y dejamos propina.
Ojo, que tampoco quiero quitarles responsabilidad a quienes gobiernan. Llevan años aprobando normas, prometiendo viviendas y explicándonos por qué la culpa siempre parece vivir en otro edificio. Habrá decisiones acertadas y equivocadas, y habrá responsabilidades compartidas pues examinémoslas, pero todas.
Mis amigos no son santos por ser mis amigos. Pero tampoco son buitres por trabajar donde trabajan.
Quizá deberíamos dejar de odiar por encargo. Mirar primero quién señala, por qué señala y qué intenta que no miremos.
Porque el buitre espera a que alguien muera para alimentarse de él.
El “político común”, ni siquiera espera.


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