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"En las personas mayores, el juego cobra un valor especial. |
2026-05-03

Jugar para seguir siendo

Después de recordar, toca vivir. Con el paso del tiempo, muchas personas dejan de jugar. No porque ya no lo necesiten, sino porque se asume que no corresponde. La vida se llena de responsabilidades, de rutinas, de pendientes; cambia la idea de productividad y aparece una presión social que asocia el juego con la inmadurez. Sin embargo, algo se pierde cuando dejamos de jugar: la capacidad de asombro, la ligereza y la conexión espontánea con los otros.
Venimos de celebrar el Día del Niño, de reconocer la inocencia, la curiosidad y la capacidad de sorprendernos. Y quizá, como adultos, la forma más sencilla de recuperar eso es jugar. Porque jugar no pertenece solo a la infancia: es una forma de estar en el mundo, de explorar, de vincularnos y de habitar el presente.
En las personas mayores, el juego cobra un valor especial. No se trata solo de entretenimiento. Jugar estimula la memoria, activa la atención, favorece el movimiento y, sobre todo, genera bienestar emocional. En contextos de demencia, además, puede convertirse en una puerta de entrada cuando otras formas de comunicación se vuelven difíciles. Un juego sencillo, una dinámica conocida o una actividad compartida pueden abrir espacios de conexión donde las palabras ya no alcanzan.
Para jugar no se necesitan grandes esfuerzos ni estructuras complejas. El juego vive en lo más simple: una lotería o un bingo, una baraja, una canción con movimientos improvisados… una risa compartida. Vive en el “permiso” de participar sin la presión de hacerlo “bien”, en disfrutar el momento sin medir resultados. Así, la motivación se sostiene, la disciplina se fortalece y la ansiedad se reduce.
Quizá lo más valioso del juego es que nos coloca en un mismo nivel. Cuando jugamos, las diferencias de edad se vuelven menos importantes. No importa quién sabe más o quién puede más. Importa el encuentro. El juego es un lenguaje común, accesible, que permite que distintas generaciones se acerquen desde un lugar más humano y menos estructurado.
En una vida que suele exigir productividad constante, jugar puede parecer innecesario. Pero tal vez sea justo lo contrario. Tal vez jugar sea una forma de resistir la prisa, de recuperar el vínculo y de recordarnos que seguimos siendo capaces de disfrutar.
Después de todo, no dejamos de jugar porque envejecemos; muchas veces envejecemos porque dejamos de jugar. Crecer es inevitable; madurar, en cambio, es una elección flexible.
Entre generaciones, el juego no solo entretiene: conecta, acerca y abre caminos. Y quizá, en ese gesto simple, se encuentre otra forma de seguir siendo. Entonces… ¡A jugar!


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