"Se me acusa de practicar esa prepotencia ideológica que se nos imputa a personas que defendemos postulados que se basan en principios progresistas.

2026-11-01

Soberbia de izquierdas

Hace unos días, alguien escribía el siguiente comentario junto al post en el que comparto esta publicación para la que escribo muy gustosa y libremente desde hace unos años: «Libreopinante es una mierda». Por supuesto que, ante esta afirmación tan rotunda y grosera como falta de razonamiento en el que apoyar su contundencia, no hice siquiera amago, ni por contestar ni por censurar. Como buen «libreopinante» soy partidario de que todo el mundo exprese lo que le salga del alma, aunque sea un exabrupto.

 

Al día siguiente, ante uno de mis artículos en Ideal Jaén, en otro comentario, aunque —esta vez sí— reposado y argumentado, se me reprochaba «esa sutilidad de izquierda inmovilista que no acepta la evolución en el pensamiento de las personas» que subyace por lo general en mis artículos. Es más, se me acusaba —siempre en un tono distendido y cordial, cosa que se agradece y que, ojalá, lo practicaran nuestros políticos— de deseñar la posición política claramente de derechas a la que ha llegado un famoso periodista, «despreciando su posible evolución ideológica, de izquierdas originariamente».

 

Leyendo entre líneas —me refiero al último de los casos expuesto, ya que el primero no me ofrece la posibilidad—, intuyo cómo se me está acusando de practicar esa tan manida prepotencia ideológica de la que se nos suele acusar a las personas que defendemos postulados que se basan en principios progresistas. Esa pretendida actitud de superioridad que se nos atribuye a quienes respiramos la vida desde una conciencia social de izquierdas con la que —parece ser— levantamos muros ante otras referencias sociopolíticas «marcadas por la moderación y la convivencia», como remarcaba mi interlocutor en su exposición.

 

Claro que, ante esta argumentación, lo primero que se me ocurre a mí, agradecido alumno de la educación pública de esta España de todos —tanto de quienes dicen encontrarse marcados por las referencias sociopolíticas moderadas y partidarias de la convivencia, como de quienes nos dedicamos a poner ladrillos en el muro de la prepotencia ideológica zurda—, es acordarme del capitán Ahab, el personaje de Moby Dick, la gran novela de Herman Melville, cometiendo el peor de los pecados capitales, el pecado supremo de la soberbia («hibris»), al desafiar el orden cósmico, mientras busca la destrucción de la gran ballena blanca (una clara evocación al Leviatán de El libro de Job), en un acto de rebelión satánico y herética contra el inconmensurable poder de Dios que simboliza ese terrible monstruo marino. Porque, ¿no estaremos cebando hasta las trancas de soberbia nuestras buenas e intencionadas pretensiones progresistas?

 

El caso es que, aquí estamos, una vez más, arpón en mano, encarando la tempestuosa violencia de las olas, mientras escuchamos el diabólico solo de batería de John Bonham con Led Zeppelin.


 

Para dar tú opinión tienes que estar registrado.

Comments powered by CComment