"Escuchaba muy poco rock, incluso lo despreciaba, aunque me pasase horas dibujando pentatónicas en la intimidad de mi cuarto sobre los solos del primer Eric Clapton.

2026-07-12

No me gusta el rock

Este rebobinado musical, con apéndices de actualidad y anotaciones a los márgenes de mi memoria vital, puede que esté viciado por un postulado equivocado que dirigió mis gustos musicales, como los de muchas y muchos de mi generación durante los años ochenta, hacia el pop. Durante aquellos años yo escuchaba muy poco rock, o incluso lo despreciaba en público —sobre todo el heavy—, aunque me pasase horas dibujando pentatónicas en la intimidad de mi cuarto sobre los solos del primer Eric Clapton, el de los Bluesbreakers de John Mayall. Comprendedme: era un joven sin criterio que se dejaba llevar por el momento. No en vano, estábamos en la «edad de oro del pop español», o eso se dijo. Así que, ahí estaba como el resto del rebaño, enamorado de la moda juvenil, aunque me devorara por dentro el pecado del blues.

 

Que, ¿por qué equivocado?… pues porque aquellos pijos madrileños de la manida movida, a los que sus padres les costeaban su coqueteo con la música, poco o nada tenían que ver con la juventud que comprábamos sus discos. El caso es que la moda, la prensa o un golpe del destino opacó el rock urbano que sufridos chavales de Vallecas o de la Elipa, que se pagaban las guitarras con el sudor de su frente, practicaban en el extrarradio de la ciudad, de la vida y de la popularidad musical. Así fue como permanecieron por años olvidados en un cajón de mi cuarto y de mi memoria mis cintas de Asfalto y Topo, por cuyas resonancias me he dejado llevar alguna que otra vez en estos rebobinados.

 

Escribo esto y, de repente, un chispazo de clarividencia me hace rebobinar la cinta un poco más atrás en el tiempo, justo en la frontera de esa década tan sobrevalorada culturalmente con la anterior, y me encuentro con la Romántica Banda Local y una canción titulada como mi artículo, «No me gusta el rock». Estamos en 1978 y esta maravillosa banda —también madrileña— no es precisamente el eslabón perdido que cantaban las Vainica Doble, sino muy al contrario, se trata del eslabón que tendía un puente entre el denostado rock urbano y la tan sobrevalorada movida madrileña. Este original y magnífico grupo heredó también lo mejor de la canción de autor. Sus letras son verdadera poesía, a veces profundamente líricas, y a veces irónicas, como es el caso, pues este «no me gusta el rock, que me den música country», termina dándole en las narices al escuchante con un frenético rock and roll. Y es que, convencidos como estamos de que «a occidente le huelen los pies», un buen rock de vez en cuando nos hará desentumecer las coyunturas de los huesos y del alma misma.

 

Destacado: Escuchaba muy poco rock, incluso lo despreciaba, aunque me pasase horas dibujando pentatónicas en la intimidad de mi cuarto sobre los solos del primer Eric Clapton. 


 

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