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"No sé en qué momento se ha normalizado silenciar la ira, el amor, la gratitud, el enfado o la injusticia, aunque entiendo que tampoco es necesario el sinceridio en algunas ocasiones, |
2026-01-25
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Vivir sin pasión

Estamos perdiendo la pasión, o es mi vista? Pareciera que estamos robotizados, haciendo juego con la IA, como queriendo ocultar lo que sentimos, instruyendo a nuestras emociones a hacer mutis por el foro. Mal, muy mal. Y me apena esa conducta especialmente en la juventud, cuando de toda la vida de dios ha sido el periodo de efervescencia más notable en el ser humano. Es que ya no se ve a los chavales ni comiéndose la boca en cualquier esquina. Ahora se ponen una goma de pelo en la muñeca, que en código bro viene a decir que existe un vínculo entre la dueña de la goma y el portador de la misma y con ese gesto visual vienen a decir que son casi novios. Los matices del casi no quiero ni imaginármelos.
Por esto y por otras cosas, a la mínima que veo a alguien llorar con desaliento o besar con locura aprieto mentalmente el botón de “estás en mi equipo”, porque es esa gente a la que quiero tener cerca.
La tibieza no tiene ningún sentido a según qué edades, porque cuando dejamos de vivir con pasión ya está todo el pescado vendido. Sé de quienes abandonan sus impulsos en la creencia de que en los planes de dios no hay espacio para la improvisación, otros eligen el silencio y la pasividad como una forma de irresponsabilidad afectiva. Estos me ponen muy nerviosa, porque nunca sabes si algo les parece bien o mal ni de qué pie cojean, todo en ellos es tú di lo que quieras que yo haré lo que me dé la gana, y huyen del diálogo, de la confrontación, y del posicionamiento, pero también de expresar sus miedos, sus ganas, sus inquietudes, incluso lo que piensan y te hacen sentir que nada ni nadie les importa. Esa conducta pasivo-agresiva de manual esconde traumas, heridas sangrantes y una falta de autoestima que suele proyectarse en forma de animadversión hacia quien les hace sentir pequeños en la medición que su escasa inteligencia emocional hace frente a sus víctimas. Todos tenemos algo, pero ignorar el problema es lo que hace diferencia entre quienes quieren sanar y quienes prefieren morir matando.
No sé en qué momento se ha normalizado silenciar la ira, el amor, la gratitud, el enfado o la injusticia, aunque entiendo que tampoco es necesario el sinceridio en algunas ocasiones, pero puestos a elegir, me quedo con la impulsividad, con la capacidad de reacción, con la gente con sangre que asume el riesgo de expresar lo que siente.
Y con los achuchones inesperados, y con las sobremesas que acaban en abrazos, y con el doble check de “entregado” en los mensajes que cuentan lo que nos estaba apretando en la garganta.
No hemos venido a descifrar silencios ni a comportarnos como muebles de Ikea. Y por lícito que sea elegir ese modo de vida, me aterra esa sensación de que vamos perdiendo lo que nos distingue a los humanos de las piedras, y que haya personas que, en su frialdad metálica adquirida, no sean capaces de sangrar así les pinche la aguja del amor, del miedo, de la injusticia o la de la vacuna de la gripe.
El mundo sin pasión es un iceberg del tamaño de Júpiter.


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