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"Hay algo de poesía en esa tristeza a la que nos lleva la nostalgia de lo que nos hizo felices, por eso volvemos, aunque sea de puntillas. |
2026-02-08
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En carne viva

Duelen las canciones que se clavan como cuchillos a la piel cuando el tiempo se hace telaraña. Sin embargo, son necesarias, porque hay heridas que también nos llevan al momento que precede al brotar de la sangre. Y esos momentos puede que no fueran perfectos, pero sin duda fueron hermosos y necesitaron hacer cicatriz para no caer en el olvido. Por eso la música es compañía, abrazo, vendaje, grapa, caricia, Betadine y lágrima. Por eso me duelen las canciones. No es tan importante lo que cuentan como lo que nos hacen sentir, y da igual que sea La gallina Turuleca que Bohemian Rhapsody, da lo mismo, aunque no sean lo mismo.
Mi vida está llena de canciones como lo está de recuerdos, no puede ser de otra manera cuando se tienen cincuenta y dos años y toda una vida por detrás. Por delante, nunca se sabe lo que hay, al menos en términos vitales.
Hay algo de poesía en esa tristeza a la que nos lleva la nostalgia de lo que nos hizo felices, por eso volvemos, aunque sea de puntillas. No hay lirismo en el futuro, y ahora menos que nunca, porque la poesía está cosida al sentir como la carne al hueso.
El futuro no está hecho de lenguas, ni de sudores, ni de dientes de león que se echan a volar en brazos del viento, ni de pan caliente, ni de humo, ni de melocotones, ni de copas de vino. Pero nos empeñamos en querer llegar antes de tiempo, arrebatándole al presente el billete de ida y vuelta, como si fuera posible emprender ese viaje.
Las canciones sí tienen ese pasaporte con derecho a regreso al futuro, y si no que se lo digan a quienes no recuerdan su nombre ni quien son y aun así son capaces de cantar una canción aprendida en la infancia. Para ellos, y para quienes conservamos la memoria, aunque sea de modo selectivo, esa canción, en ese momento, es mucho más que una sucesión de palabras con un ritmo concreto: es una madre en la cocina haciendo un bizcocho, una maestra señalando en un mapa los ríos de España, un abuelo sentado en su sillón, un novio dibujando con la mirada sus pechos bajo el vestido.
El corazón es una jukebox a la que no hace falta echar monedas, una caja de música sin bailarina a la que no hay que darle cuerda, un tocadiscos sin aguja que surca las emociones sin orden ni concierto. Y vuelve a los lugares que le hicieron feliz, aunque solo sea, quizá, para sacudirse la tristeza o la desesperanza. Ese latido que lo mantiene en funcionamiento también se alimenta de emociones, por eso a veces se para de repente para siempre, por eso es capaz de seguir palpitando aun cuando el cerebro no responde.
Quiero seguir escuchando canciones que me hagan sentir, que me lleven a otro tiempo, y que las de antes y las de ahora sean mañana la balsa en la que quedarme dormida sin prisa cuando solo me acompañe el silencio. Y que no me falten un té caliente, un libro entre las manos y un poema en la garganta si algún día no recuerdo ni mi nombre ni el tuyo, mi amor de mil vidas. Hay días que tengo el corazón en los huesos, pero hoy, ya lo ves, lo tengo en carne viva.


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