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"Mi mente no es nada cartesiana; sin embargo, no me cuesta nada fluir desde ese caos que me gobierna. |
2026-07-12
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Dislate

No sé si me apetecerá escribir en vacaciones. Al menos no con la premura de una fecha de entrega y con cierta perspectiva de la actualidad. A veces tomo notas en mi agenda con el primer boli desencapuchado que encuentro removiendo en el fondo de mi bolso, otras directamente en el móvil, en alguno de los chats en los que soy administradora y única miembro del grupo, en los que lo mismo anoto un poema que la lista de la compra. No soy capaz de ordenar mi parte creativa, me ha pasado desde siempre con lo que escribo, con lo que pinto, con las fotos. También con las entradas de los conciertos, o con esas pequeñas cosas que otros guardan con celo como garantía de un recuerdo certificado.
Soy un desastre en ese sentido y siento cierta envidia ante las personas que ordenan por fechas y carpetas sus archivos, algo que debe facilitar muchísimo encontrar algo que buscas, pero mi mente es como una fuente inagotable de pensamientos y ocurrencias y no dispongo de tiempo para ir embotellando: se me va desparramando como se desparrama la vida y solo a veces, cuando el caudal se hace más pequeño, soy capaz de almacenar algo y saber dónde lo pongo.
Mi mente no es nada cartesiana; sin embargo, no me cuesta nada fluir desde ese caos que me gobierna. Otra cosa es el orden de fuera. Parece ser que hay una estrecha relación entre el aspecto del dormitorio y la cabeza de cada cual, es decir, proyectamos entre esas cuatro paredes el patrón que impera en la mente, lo que vendría a decir si esta está despejada exige esa misma claridad en su lugar de descanso, de lo que se deduce que no es la conciencia la que facilita el buen dormir, sino que cada cosa esté en su sitio.
Luego está el TOC, el trastorno obsesivo-compulsivo del que no se salva ni el apuntador. Se hace presente en gestos tan habituales como mirar dos o tres veces en el bolso si has cogido las llaves o sentir el impulso de mover un cuadro que no descansa en equilibrio, aunque el desnivel sea de un milímetro. Mi toc más reciente es preguntarle a Alexa qué temperatura hace, y hasta me enfado con ella cuando entre las tres o cuatro veces que lo hago en una hora, responde lo mismo. Estoy hasta los ovarios de la canícula, del estrés térmico que me origina, y de esa pescadilla que se muerde la cola en la que se ha convertido mi obsesión, y observo que, cuánto más le pregunto, más calentita me pongo y de esa espiral es muy difícil salir sin cabrearse.
Tal es la mella que esa calentura hace en la claridad de mis pensamientos, que hace casi un par de semanas, hablando con mi prima mientras escribía para este medio, le colé un mensaje de WhatsApp en el que le decía “dame tema, anda”, invitándole a proponer una idea de la que poder seguir tirando en forma de texto. La cosa es que ayer me llegó un mensaje de ella: Kiko Rivera. Mi Salva de mi corazón me envía ese mensaje. Doce días después. Kiko Rivera.
¿Alexa, qué temperatura hace? ¡Alexa, me tienes más frita que un chicharrón! “Lo siento, no he entendido tu pregunta”.


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