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"Muchas nietas y nietos del exilio no podrán ejercer su derecho a voto. |
2026-11-01
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Inga, la nieta

Estas fueron las primeras palabras de Inga: Muchas veces, cuando paseo por las calles de Barcelona, me pregunto cómo era la ciudad cuando mi abuelo llegó aquí y me imagino viéndola con sus ojos. Fueron pronunciadas en la Rambla del Carmel el pasado domingo, presentando a su abuelo Mihail.
La nieta, varsoviana, las pronunció en el homenaje que cada año se organiza para rememorar la despedida de los voluntarios y las voluntarias de las Brigadas Internacionales, un 28 de octubre de 1938. Las palabras de Dolores Ibárruri resuenan cada año ante el monumento del escultor Roy Shifrin:“Contadles como, atravesando mares y montañas, llegaron a nuestra patria como cruzados de la libertad, lo abandonaron todo y vinieron a nosotros a decirnos: aquí estamos, vuestra causa, la causa de España es nuestra misma causa. Es la causa de toda la humanidad avanzada y progresiva”. Una escultura de bronce que representa el torso de David con un escudo, con la figura de Goliat en la base, sobre un pedestal de hormigón. Fue una iniciativa financiada por la asociación Abraham Lincoln, formado por voluntarios norteamericanos, y por la Spanish Civil War Historical Society. Se rendía homenaje a los brigadistas internacionales, con motivo del quincuagésimo aniversario de su partida (1938/1988).
“Para personas como mi abuelo, afirma Inga, la guerra que se libraba en España se percibía como una obligación para defender la democracia en Europa. En una carta que un amigo común le escribió a mi abuela durante la despedida de Barcelona, le dice que con la derrota de España se va el último sueño de la democracia. Mi abuelo, Mihail, se integró en las Brigadas Internacionales en el batallón Dombrovski y estuvo en la batalla de Segre. Desde este lugar envió su última carta a mi abuela que estaba en París embarazada de mi padre. Cuenta que se encuentra debajo de un árbol después de cavar trincheras y que hace tanto calor, que está como Adán. Después llegó el silencio.
Mi padre nació en París en 1938, nunca conoció al suyo. Tanto mi abuela como mi padre mantenían la esperanza de que un día pudiese regresar, por esto mi abuela guardó sus camisas hasta el final. Mi abuelo era un hombre alto, imponía con su estatura de casi dos metros, afable y con facilidad de ver la parte positiva de la vida. Optimista por naturaleza. Era difícil creer que podía morir con tanta vida por delante y un hijo que le esperaba.
Sabemos que en este lugar La Saria hubo una batalla muy dura, donde entre brigadistas y soldados republicanos perdieron la vida más de 600 personas. No solo eran polacos, había también húngaros, ucranianos, alemanes, judíos, rusos. El año pasado, hicimos un homenaje y pusimos una placa en el lugar donde se encontraron algunos restos, que dice lo siguiente: “Que el recuerdo y su sangre derramada constituya un legado por un mundo en paz, más justo y más libre”.
Conviene recordarlo en la próxima cita con las urnas, el 29-N. Muchas nietas y nietos del exilio no podrán ejercer su derecho a voto.


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