"La indignación general fue subiendo de punto cuando se fueron conociendo detalles del trágico éxodo de la población por la carretera de la costa en dirección a Almería.

2026-02-08

Caminando

Cuando todavía no había cumplido 18 años, mi padre, Manuel, se enroló en las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas de Almería. Los jóvenes eran enviados a Viator para su instrucción y poder ser transferidos después al frente. Formó parte del batallón Antonio Coll, así nos lo contó mucho más tarde. 


Pero no fue destinado al frente de Málaga sino a Los Alcázares de Murcia. “Ante el avance de los sediciosos sobre Málaga, el ejército republicano decide movilizar más efectivos. Allí son enviados los mayores: la quinta del saco. Algunos de los más jóvenes fueron destinados a servir a la aviación”. Eusebio Rodríguez y Juan Francisco Colomina, historiadores de la Desbandá de Málaga en la provincia de Almería, sabrán precisarlo. 


Para ilustrar la historia de vida de mi padre “Memorias y equipajes”, eché mano de un libro prohibido bajo la dictadura: Trayectoria de Antonio Cordón, que escribe sobre la caída de Málaga: “La indignación general fue subiendo de punto cuando se fueron conociendo detalles del trágico éxodo de la población por la carretera de la costa en dirección a Almería.

Mujeres y niños ancianos acosados por los disparos de los tanques, de las bombas y las ametralladoras de la aviación italiana y por los proyectiles de los barcos de guerra fascistas que sembraban el camino de cadáveres destrozados”. También utilicé el recurso de Manuel Tuñón de Lara, La España del siglo XX, igualmente prohibida en España bajo el franquismo: “Entre Málaga y Motril se perpetró uno de esos crímenes de guerra que, tratándose de otros países, han sido sancionados por el tribunal reunido en Nuremberg”. 


En esta X Marcha de la Desbandá, me acompaña un texto bellísimo de otro almeriense poco conocido: Agustín Gómez Arcos, un autor exiliado y ninguneado. Narra la historia de Ana, Ana no, entre barcas y redes. Anita la alegría del regreso, como le escribió Pedro, su marido. Su peregrinaje, caminando, por la España de “Franco, Caudillo por la gracia de Dios” para encontrar a su hijo, el menor, llamado “el pequeño”, el único de la familia que sabía leer y escribir, hasta Burgos, condenado por comunista. Ana, le lleva un pan de aceite, con almendras, anís y mucha azúcar. Publicada en 1977 en Francia, obtuvo numerosos galardones. Un canto a la dignidad, una alegoría admirable de la lucha de las mujeres por dar sentido a la vida, frente a todas las adversidades. 


Su lectura: “a los setenta y cinco años, cierra la puerta de su casa en un pueblecito almeriense y decide ir andando hasta la cárcel de su hijo para abrazarlo y darle el pan de aceite que ha amasado con sus propias manos”, todavía me conmueve.


Habrá que añadirlo a la lista de mujeres que dejaron su huella, caminando, en este itinerario. Como tuve el privilegio de hacerlo —pronto hará un año—, en Vícar, recordando a mi abuela Aurora, a mi madre María y a mi suegra Celia… Gracia a ellas, y otras Anas, hoy caminamos.


 

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