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"En una sociedad donde abundan las palabras y escasea la escucha verdadera, su testimonio recordó que escuchar es mucho más que oír. |
2026-07-30

Un corazón que sabe escuchar
REDACCIÓN /LIBREOPINANTE
“VENID A MÍ LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS”: LAS CONFIDENCIAS SAGRADAS DE UN PASTOR QUE HA APRENDIDO A ESCUCHAR EN EL POLÍGONO DEL VALLE DE JAÉN.
Una despedida marcada por el ministerio de la escucha y por el Evangelio que inspira toda su vida sacerdotal porque escuchar es prestar el corazón.
La comunidad salesiana y parroquial de San Juan Bosco de Jaén ha despedido al sacerdote y párroco salesiano Juan Carlos Macías con una eucaristía profundamente marcada por la gratitud, la emoción y la esperanza. Más que una despedida, la celebración se convirtió en una acción de gracias por una forma de vivir el sacerdocio como rezaba una frase que presidió la celebración. “La buena gente deja huella y la gente de Dios deja vida”
El momento más significativo llegó con la homilía del propio Juan Carlos, quien prefirió no hacer un balance de los 7 años vividos en Jaén, sino compartir el camino interior que el Señor ha ido realizando en él. Para ello volvió al evangelio que eligió el día de su ordenación sacerdotal: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré… Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 28-30). Un texto que, según confesó, ha sido el horizonte de toda su vida sacerdotal y que sigue dando sentido a su ministerio.
Con la sencillez que le caracteriza, explicó que el mayor aprendizaje de estos años no ha consistido en hacer más cosas, sino en dejarse transformar por el Espíritu Santo. Reconoció que ha aprendido a dejarse querer, descubriendo que el amor de Dios también llega a través del cariño, la confianza y el afecto de las personas. Y desde esa experiencia, crecer en la capacidad de querer más y mejor, aprendiendo cada día del corazón de Dios: un corazón manso, humilde, paciente y siempre disponible para quienes llegan cansados y agobiados por la vida.
Quizá el fruto más fecundo de estos años no pueda medirse por los proyectos impulsados ni por las responsabilidades desempeñadas, sino por las innumerables confidencias sagradas que tantas personas han puesto entre sus manos. Historias de sufrimiento y esperanza, de duelo y reconciliación, de miedo y de nuevos comienzos. Vidas compartidas en el silencio de un despacho, al terminar una eucaristía, durante una conversación serena o en el sacramento de la reconciliación. En ese ministerio silencioso de la escucha ha descubierto que Dios sigue hablando en la vida concreta de las personas.
En una sociedad donde abundan las palabras y escasea la escucha verdadera, su testimonio recordó que escuchar es mucho más que oír. Escuchar es prestar el corazón. Es regalar tiempo, ofrecer acogida, crear un espacio donde el otro pueda expresar su verdad sin sentirse juzgado. Solo quien se siente verdaderamente escuchado puede volver a encontrarse consigo mismo, con los demás y con Dios. Quizá por eso el ministerio más fecundo no siempre es el que más se ve, sino el que sostiene en silencio la esperanza de quienes llegan con el alma cansada.
Su formación como psicólogo ha enriquecido esa capacidad de acompañar, pero él mismo quiso dejar claro que el verdadero protagonista de este crecimiento ha sido siempre el Espíritu Santo. Es Él quien ha ido modelando su corazón, haciéndole crecer pastoral, profesional y humanamente. Porque el Espíritu nunca deja de trabajar en quien permanece disponible para aprender del corazón de Cristo.
Otro de los mensajes que quiso dejar a la comunidad fue profundamente esperanzador: Dios nos quiere felices. No una felicidad superficial o pasajera, sino la que nace de saberse amado, de vivir reconciliado con uno mismo y de ponerse al servicio de los demás. Una felicidad que crece cuando el Espíritu nos hace cada vez más semejantes a Jesús, manso y humilde de corazón.
La comunidad respondió a estas palabras con una entrañable acción de gracias en nombre de toda la familia salesiana. Se agradecieron estos años de entrega generosa en la parroquia, el Centro Juvenil, la Fundación Don Bosco, el Programa Buzzetti, la comunidad educativo-pastoral, la catequesis, Salesianos Cooperadores, ADMA, la HOAC, las antiguas y antiguos alumnos y tantas personas que han compartido con él el sueño de Don Bosco.
Las palabras de agradecimiento subrayaron precisamente aquello que el propio Juan Carlos había presentado como el centro de su vocación: haber sido una persona sencilla y cercana,
«de las que escuchan antes de hablar, acompañan antes de dirigir y construyen familia con la naturalidad de quien sabe que todas las personas tienen su lugar». Recordaron también su especial dedicación a los jóvenes, especialmente a quienes viven situaciones de mayor vulnerabilidad, y cómo su labor como psicólogo en la Fundación Don Bosco ha hecho de la escucha una auténtica forma de anunciar esperanza.
La celebración concluyó poniendo su nueva misión bajo la protección de María Auxiliadora y de Don Bosco, con la certeza de que los destinos cambian, pero el amor sembrado permanece. Jaén seguirá siendo para Juan Carlos una casa donde siempre encontrará una familia agradecida por el bien recibido.
Más allá de un cambio de destino, la despedida dejó una enseñanza que permanecerá en la memoria de la comunidad. Tal vez el mundo necesite cada vez más personas capaces de escuchar de verdad. Personas que sepan detenerse ante el cansancio ajeno, ofrecer un corazón disponible y custodiar con respeto esas confidencias sagradas que tantas veces encierran el misterio de una vida. Ese ha sido, quizá, el legado más hermoso de Juan Carlos Macías: recordar que el Evangelio comienza cuando alguien, siguiendo a Jesús, se acerca al hermano cansado y le ofrece el descanso de una escucha que acoge, sana y devuelve la esperanza.


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