"Las participantes quisieron recordar también el grito de la tierra y la urgencia de una espiritualidad ecofeminista que cuide la casa común.

 

 

Fe y feminismo en Jaén

REDACCIÓN /LIBREOPINANTE

“ESTE ES MI CUERPO”. MUJERES CREYENTES SE REÚNEN EN JAÉN EN LA REVUELTA DE MUJERES EN LA IGLESIA

En la Plaza de Santa María, a las puertas de la Catedral de Jaén, mujeres creyentes se reunieron este 8 de marzo convocadas por la Revuelta de Mujeres en la Iglesia para celebrar un acto público de fe, denuncia y esperanza bajo un lema profundamente simbólico: “Este es mi cuerpo”.

El gesto quiso situar en el centro aquello que durante siglos ha sido silenciado o invisibilizado: los cuerpos de las mujeres creyentes, su palabra, su experiencia de Dios y su compromiso con una Iglesia más justa e igualitaria. Un cuerpo que trabaja, cuida, sostiene comunidades, alimenta la fe y, sin embargo, sigue siendo excluido de los espacios de decisión y reconocimiento dentro de la institución eclesial.


El acto comenzó con una acogida y un clamor compartido que resonó entre las asistentes: “Hasta que la igualdad se haga costumbre”, lema que articula el movimiento internacional de la Revuelta de Mujeres en la Iglesia. Durante la celebración se escucharon los clamores de mujeres del mundo entero: mujeres empobrecidas, migrantes, precarizadas, víctimas de violencia o de guerras que siguen golpeando especialmente a sus cuerpos y sus vidas.

Las participantes quisieron recordar también el grito de la tierra y la urgencia de una espiritualidad ecofeminista que cuide la casa común. Desde Gaza, Ucrania, Irán, Turquía, Yemen o la República Democrática del Congo hasta las víctimas de la violencia machista, la voz de las mujeres fue nombrada como un clamor que atraviesa fronteras y conciencias.

Uno de los momentos más significativos fue el gesto simbólico del pan compartido. Una hogaza fue colocada en el centro del encuentro como signo de los cuerpos de las mujeres; cuerpos que se parten en el trabajo cotidiano, que se entregan para sostener la vida y que continúan alimentando la comunidad. El pan fue partido y repartido mientras resonaba de nuevo la afirmación colectiva: “Este es mi cuerpo. Estos son nuestros cuerpos.”

El manifiesto leído durante el acto recordó que la palabra en la Iglesia “no es propiedad privada, sino pan compartido desde la fraternidad y el servicio”, y reivindicó que la espiritualidad cristiana es inseparable del cuerpo y de la vida concreta de las mujeres.
Las mujeres de la Revuelta afirman que sus cuerpos no pueden seguir siendo tratados desde la escasez; de derechos, de libertad, de liderazgo o de reconocimiento, sino desde la abundancia de vida, dignidad y plenitud. Cuerpos creyentes, vitales y proféticos que reclaman justicia y libertad.

El manifiesto expresó con claridad las reivindicaciones de este movimiento, como la presencia real de las mujeres en la toma de decisiones eclesiales, el acceso a todos los ministerios, su participación plena en la reflexión teológica, en la predicación y en la transmisión de la fe, así como una comprensión más amplia y liberadora de la sexualidad y de la imagen de Dios, demasiado tiempo representada exclusivamente en masculino.


La Revuelta de Mujeres en la Iglesia recordó que este clamor no es aislado. En este 8 de marzo, 35 ciudades de España se han unido en actos similares para afirmar que ser creyentes y feministas no es una contradicción, sino una vocación profundamente evangélica.


“Somos laicas, somos monjas, somos cristianas. Y somos críticas”, afirma el manifiesto. Lejos de la resignación, estas mujeres aseguran que seguirán poniendo sus manos, su corazón y su espíritu al servicio de una Iglesia renovada. La tarea es larga, pero la esperanza es mayor; no defrauda. La Revuelta continúa. Y continuará hasta que la igualdad se haga costumbre, en el mundo y en la Iglesia.


 

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