"Esa es la herida que duele. No la pobreza, sino la insaciabilidad desde la abundancia.

2026-05-31

Zapatero

Zapatero, o el peso de la memoria colectiva.

Lo que comparten —o compartieron— los siguientes nombramientos es de sobra conocido. Suárez, Calvo-Sotelo, González, Aznar, Zapatero, Sánchez. Seis presidentes. Una larga sombra.

Conviene recordarlo, precisamente, porque la memoria tiende a hacerse corta cuando resulta incómoda. Repasemos: Caso Fidecaya (1981), Suárez. Caso de la Colza (1981), Calvo-Sotelo. Caso GAL (1983), González. Caso Guerra (1989), González. Caso Naseiro (1989), González. Caso Filesa (1990), González. Caso Roldán (1993), González. Caso Pallerols (1999), Aznar. Caso Forcem (1999), Aznar. Caso Descartara (2001), Aznar. Caso Gürtel —origen— (1999-2004), Aznar. Caso Palma Arena (2008), Zapatero. Caso Gürtel —estallido— (2009), Zapatero. Caso ERE de Andalucía (2011), Zapatero. Caso Brugal (2011), Zapatero. Caso Bárcenas (2013), Rajoy. Caso Púnica (2014), Rajoy. Caso Tarjetas Black (2014), Rajoy. Caso Lezo (2017), Rajoy. Caso Kitchen (2018), Rajoy. El Mediador (2023), Sánchez. Caso Koldo (2024), Sánchez.

Que tire la primera piedra quien esté libre de toda mancha.

El panorama político del país atraviesa uno de sus momentos más convulsos. No es mi intención contribuir desde esta tribuna a avivar ese fuego; ya arde demasiado, ya esparce demasiado rencor, ya alimenta una polarización que fractura y empobrece al conjunto de la ciudadanía.

Dicho esto, me detengo en Zapatero.

Desde que saltó la noticia, el veredicto popular fue fulminante. Sus adversarios políticos se apresuraron a ejecutarlo en la plaza pública, como era de esperar. Pero yo quiero observar este caso desde otro ángulo: el de la ética, el de la moral, el de la reflexión filosófica. Y, sobre todo, desde lo estrictamente humano.

Me viene a la memoria aquella máxima estoica: “Todo cuanto necesito va conmigo.” La cito aquí no como adorno, sino como contraste. Porque lo que resulta difícil de digerir —indignante, incluso— es que un hombre que presidió el Gobierno de España, que percibe una pensión vitalicia y disfruta de privilegios que muchos jubilados solo podrían soñar, haya orientado su conducta hacia la acumulación desmedida. Esa es la herida que duele. No la pobreza, sino la insaciabilidad desde la abundancia.

¿Para qué? ¿Para quién? ¿Para él, para su familia, para las generaciones que le siguen?

Cada persona, cada generación, tiene el derecho —y la responsabilidad— de labrarse su propio sustento. Pero existe una codicia antigua, casi atávica, que lleva a ciertos individuos a querer resolver de antemano la vida de quienes aman: protegerlos del esfuerzo, blindarlos del fracaso, ahorrarles el dolor. Es un impulso comprensible en lo humano, pero corrosivo en lo público. Porque quienes así actúan terminan, paradójicamente, generando más daño del que pretendían evitar. El escándalo que aflora produce exactamente aquello de lo que se huía: sufrimiento, exposición, vergüenza.

No quiero hacer leña del árbol caído. Pero sí me permito pensar, en este momento, en tantos socialistas de convicción genuina, personas que lo dieron todo —y siguen dándolo— sin esperar nada a cambio. En ellos recae ahora el peso de una historia que no escribieron. Ese es, quizás, el daño más injusto de todos.

¿Quién gana?


 

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