"Nuestra Charca no es un mero adorno ni una atracción de paso. Es nuestro espejo.

2026-08-09

Pegalajar

Querido pueblo, hermanos de tierra y de agua…

Querida Charca. Ver tus ondas impeler en la flexibilidad de tu agua es beber agua fresca en un desierto, un bálsamo que calma la sed del alma y devuelve la vida a la tierra seca. Qué difícil es ver la ausencia de tu agua y no sentir exactamente un profundo nudo en la garganta. Porque sí, nos cargas de toda la razón. No te pasa solo a ti paisano; que a diario la brisa pegalajeña acaricia tu rostro… Nos pasa a todos los que llevamos la caliza y el frescor de Pegalajar metidos muy dentro de las venas, a los que nos hemos criado con el susurro de la Fuente de la Reja y el reflejo del cielo en nuestra Charca.

Es un sentimiento agridulce, casi contradictorio, pero profundamente real. Por un lado, la emoción purísima de volver a ver brotar el agua desde aquel 5 de marzo último. Volver a ver la vida renacer, el alboroto de los niños, las miradas de los mayores llenas de luz… volver a sentir que el corazón del pueblo late de nuevo con fuerza desde la profundidad de su acuífero kárstico. Qué belleza y qué orgullo tan grande ver a nuestra gente disfrutando de lo que por derecho, memoria e identidad nos pertenece.

Pero por otro… esa sombra constante. Esa opresión en el pecho al mirar su hercúlea blanca faja de hormigón y notar cómo el nivel vuelve a bajar centímetro a centímetro. Cómo no nos va a doler, si en Pegalajar esa marca de agua no es solo una cifra; es la herida abierta de nuestra historia.

Este relato no es ningún aguafiestas; es la voz de la conciencia de un pueblo que no olvida. Nos duele el alma porque, algunos, recordamos perfectamente la raíz de esta injusticia. Imposible no sentir rabia al mirar atrás, a esa maldita especulación irresponsable y despiadada de los años 80. Plegada a favor de los intereses bastardos vistos allá, detrás, desde la cara oculta de La Serrezuela a ese descontrol ciego que en 1988 nos arrebató por primera vez lo más sagrado que teníamos, dejando seca la Fuente de la Reja y desolada a La Charca. Llevamos casi cuatro décadas arrastrando las consecuencias de aquella codicia, conformándonos con parches y milagros temporales, viendo cómo la burocracia y la inacción nos devuelven el agua solo para volver a quitárnosla.

Nuestra Charca no es un mero adorno ni una atracción de paso. Es nuestro espejo. Es el sudor de nuestros tatarabuelos, de nuestros bisabuelos, de nuestros abuelos, el trabajo de nuestras ancestrales y actuales familias, la risa de nuestra infancia y el alma colectiva de toda Mágina. Sin ella, nos falta un pedazo de ser.

Pero si algo nos ha enseñado la historia de Pegalajar —que funcionó como una pieza defensiva clave y un bastión avanzado de la ciudad de Jaén frente al Reino Nazarí de Granada durante la Baja Edad Media— es que este pueblo sabe luchar cuando se une. La nostalgia no puede ser un pozo sin fondo donde ahogarnos; tiene que ser el combustible para la justicia y la acción conjunta. No podemos seguir esperando a que el cielo haga el trabajo que nos corresponde exigir en la tierra.

Tiene que llegar el día —y tenemos que construirlo juntos— en que no dependamos de la suerte de una primavera generosa. Un día en que la dignidad, la gestión justa del acuífero y la unión de todos los pegalajeños logren una solución definitiva.

Nos queda la esperanza, la fuerza de los que amamos esta tierra y la certeza de que, si mantenemos viva la memoria y apretamos los dientes juntos, no volveremos a permitir que nos dejen a oscuras y sin agua.

Un abrazo muy fuerte, de hijo a hijo de Pegalajar. Sigamos luchando por ella.


 

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