"La paz no es una marca para usarla en campaña, ni un objeto que se mueve a conveniencia.

2026-01-25

Junta por la paz

Hablar de paz siempre suena bonito. Pero cuando quien lo hace es alguien conocido por empujar conflictos en varias partes del mundo, la cosa cambia de color. Donald Trump, durante sus mandatos, se comporta como un líder que ve al país como una potencia con derecho a imponer su voluntad afuera de sus fronteras. Ese estilo, marcado por intervenciones y presión constante sobre otros gobiernos, termina proyectando una imagen de poder que choca con los valores básicos del respeto entre naciones y con los Derechos Humanos que tanto se dicen defender.


Por eso sorprende cuando él mismo presenta la idea de convocar a una “gran junta por la paz” a nivel mundial, como si bastara reunir a los líderes del planeta para que todo quede arreglado. La propuesta suena atractiva si se mira rápido, pero al revisar el historial del personaje, la duda aparece sola. ¿Qué clase de paz tiene en mente quien promueve castigos económicos, amenazas diplomáticas y un discurso que clasifica a otros países entre aliados obedientes y rivales a los que hay que “corregir”?


La paz no es una marca para usarla en campaña, ni un objeto que se mueve a conveniencia. Cuando se utiliza la palabra para justificar presión o para ganar influencia, lo que se está haciendo es vaciarla de sentido. Es decir, se prostituye la paz: se la convierte en un instrumento más dentro de un juego de poder. Y ese tipo de maniobra no solo resulta hipócrita, sino profundamente injusta para quienes de verdad necesitan paz, como los pueblos que sufren violencia, pobreza o migraciones forzadas.


¿Qué hay entonces detrás de esta invitación tan grandilocuente? Es razonable pensar que busca volver a colocarse en el centro del escenario global y presentarse como el único capaz de “organizar el mundo”. Pero esa postura ignora algo esencial: nadie puede imponer la paz desde la fuerza ni desde la soberbia. La paz se construye con diálogo, cooperación, reconocimiento de la diversidad y respeto a la soberanía. Valores tan elementales como los Derechos Humanos son el piso mínimo de cualquier acuerdo serio.


¿Dónde queda la ONU, acaso Trump pretende crear un club privado que le aplauda sus fechorías y le dé legitimidad a su imperialismo belicista global?


¿Tiene credibilidad Trump en este asunto? Su historial no juega a su favor. Un líder ansioso, cambiante en sus discursos y movido por impulsos personales genera más preocupación que confianza. Por lo tanto, el resto de los países no debería rechazar la idea de dialogar —porque el diálogo siempre suma—, pero tampoco aceptar sin examen esa invitación. La respuesta sensata sería mantener una posición firme: sí a la paz, pero una paz auténtica, sin presiones, sin dobles intenciones y respetando la dignidad de todos los pueblos desde el derecho internacional. Solo así una junta por la paz tendría sentido real.


 

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