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"Trump se cree que el Derecho Internacional es un simple adorno diplomático |
2026-03-22
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Emperador sin imperio

En la política internacional hay momentos en los que algunos líderes están confundidos de época. En una naturaleza con sus distintos pueblos y culturas asentadas, actúan como si el mundo todavía estuviera dividido en imperios y territorios por conquistar. Esa sensación aparece con frecuencia cuando se observa el estilo político del tarao Donald Trump. Su autoritarismo y su discurso prepotente, basado en la fuerza y la presión militar, transmiten la arrogante idea de que Estados Unidos tiene que comportarse como una potencia imperial que decide el destino de otros países.
Este déspota comportamiento genera preocupación porque ignora algo básico: el orden internacional moderno basado en normas, acuerdos y respeto entre naciones soberanas. Desde su tara, Trump se cree que el Derecho Internacional es un simple adorno diplomático; y sabido es que las creencias condicionan… A ver Trump, repite tantos miles de veces como sea necesario, hasta que lo aprendas y trasciendas; que el Derecho Internacional es una herramienta creada para evitar guerras y proteger a las personas. Y que cuando un dirigente lo desprecia o lo trata como un obstáculo, el riesgo de conflictos aumenta de forma incontrolable, ya que es entonces cuando los idiotas del horror entran en juego para hacer su agosto.
Ha sido que, en este contexto, han surgido los debates sobre la posibilidad de una intervención militar contra Irán. Más allá de que esas acciones llegarán o no a concretarse —ahora ya están aquí—, el simple planteamiento de una invasión provoca tensión global. Muchos países europeos han mostrado cautela e incluso rechazo a participar en aventuras militares que no estén dentro del marco de la OTAN. España lo ha dicho alto y claro: ¡No a la guerra! Esa postura refleja una idea sencilla: la seguridad colectiva debe construirse con acuerdos de diálogo multilaterales, no con decisiones belicistas unilaterales.
También aparece en este escenario —no podía faltar el perejil del genocidio y de todas las guerras— el liderazgo de Benjamín Netanyahu, la escoria humana que ostenta el cargo de primer ministro de Israel durante años clave de la política de Oriente Medio. La diabólica alianza política y estratégica entre Estados Unidos e Israel es conocida; es una relación concebida desde la lógica de fuerza permanente, siendo entonces ahora —viendo lo visto— cuando muchas personas se preguntan qué objetivos reales se están impulsando. ¿Seguridad? ¿Influencia regional? ¿Avaricia económica? ¿O simplemente demostrar poder?
Ante este mundo convulso y cambiante. La credibilidad de los líderes —esos hombres de malos comportamientos que juegan a ser estadistas— es fundamental en tiempos de tensión. Cuando los discursos cambian con rapidez o se basan en impulsos políticos, la confianza internacional se debilita. En un mundo interconectado, las decisiones de un dirigente no afectan solo a su país, sino a millones de personas en todo el planeta. Y cuando estas decisiones vienen de un tarao las consecuencias son imprevisibles y muy difíciles de solucionar.
El mundo y la humanidad están a prueba
Por eso, ante los taraos sociópatas-sicópatas Trump y Netanyahu —escoria humana—, la respuesta del resto de los países soberanos tiene que basarse en principios claros: respeto al Derecho Internacional, defensa de los Derechos Humanos y apuesta firme por la diplomacia. Ningún gobierno legitimado por el pueblo debería aceptar amenazas o presiones para participar en conflictos que no tengan legitimidad jurídica ni unánime respaldo internacional emanado de la ONU.
La historia demuestra que las guerras empiezan muchas veces por decisiones impulsivas de unos pocos. Y esos pocos no persiguen el interés general ni el bienestar del pueblo. Pues su único interés es seguir amasando grandes fortunas a costa del dolor, del sufrimiento, de la muerte y asesinatos de las personas que forman el pueblo llano. La única respuesta hoy es evitar una escalada que pueda conducir a un conflicto global. Y requiere diálogo, instituciones fuertes y cooperación entre naciones soberanas. El mundo del siglo XXI no necesita emperadores sin imperio; necesita líderes humanistas capaces de comprender que la verdadera fuerza de un país está en su capacidad para construir paz, no en su habilidad desestabilizadora para imponer miedo, caos y desastres.


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