"La lealtad dura lo que tarda en aparecer una oferta mejor. 

2026-06-28

Dracarys

Hoy he visto el primer episodio de la tercera temporada de La Casa del Dragón. Mi hijo ha insistido. Reconozco que esta serie es un laberinto fascinante, pues la mejor fantasía nunca es una simple evasión, sino un espejo deformante de nuestra propia realidad. En este siglo XXI no tenemos reptiles alados de treinta toneladas o más sobrevolando nuestras ciudades, pero sí tenemos dragones metafóricos que son igual de temibles y destructivos.

En La Casa del Dragón, los dragones representan el equivalente a las armas nucleares o a las tecnologías que superan nuestra capacidad de control. Como bien dice un personaje en la saga: "La idea de que controlamos a los dragones es una ilusión".

Hoy en día, las tensiones geopolíticas, y la escalada armamentística como los giros impredecibles de la economía global, se sienten exactamente así, como fuerzas colosales que los líderes desatan, pero que nadie sabe muy bien cómo frenar una vez que empiezan a rugir.

La facilidad con la que el mundo de Poniente se divide en dos bandos irreconciliables, negros y rojos, donde la empatía desaparece y el matiz se destruye, es un reflejo idéntico de nuestra sociedad actual. La política del conmigo o contra mí, alimentada por la propaganda o los rumores de corte, en el caso de la serie, es el combustible que quema cualquier puente de diálogo.

En este primer episodio de la tercera temporada se capta a la perfección el efecto dominó. Ninguno de los clanes quiere una guerra total, pero el orgullo y la sed de venganza va empujando poco a poco a los personajes al abismo. Al igual que en nuestra realidad, que a menudo vemos cómo conflictos que parecen lejanos sentimos como amenazan con prenderle fuego a todo el tablero internacional por arrebatos de soberbia. Al final, la serie nos recuerda que el verdadero peligro no son las bestias que escupen fuego, sino la ambición y la ceguera de quienes sostienen las riendas.

En La Casa del Dragón, vemos como hay personajes que deberían ser aliados, por parentesco mayormente, pero nada de eso, se dedican a apuñalarse por la espalda por un asiento en el Consejo Privado o por el beneplácito del monarca.

En este siglo XXI, la historia dibujada con los trazos de la política actual está esponjada de esos eternos segundones que están dispuestos a vender a quien sea menester a cambio de un ministerio, por una dirección general o por la gracia del líder de turno.

Estar sentados en sillones de poder, parece ser que genera un elixir que hacen que se olviden de quienes son, y con dichos efluvios olvidan que los peones siempre son prescindibles.

La lealtad dura lo que tarda en aparecer una oferta mejor.

Creo que esta serie es fascinante, pues han logrado mostrar con una historia con dragones, un estudio psicológico y sociológico muy descarnado sobre nosotros mismos.

Los Targaryen unos de los clanes que llevan la endogamia al extremo bajo el pretexto de mantener el control de los dragones y la pureza de su sangre valyria. Se creen dioses comparados con el resto de los mortales. Pero, en la historia real eso mismo sucedió con los Habsburgo, pues la endogamia acabó colapsando su estirpe genética y política. Y hoy en día esa endogamia, aunque no sea tanto de sangre, lo es ideológica y social, porque las élites se aíslan en sus propios círculos privados. Existe esa misma obsesión por mantener el estatus dentro del grupo y mirar con desdén a los que están fuera de su círculo. La gran ironía, tanto en La Casa del Dragón como en la realidad, es que esa obsesión por proteger la sangre y el poder es el mismísimo veneno que termina pudriendo y destruyendo a las familias desde dentro.

Pero lo que de verdad me duele es cuando hieren a los dragones. Ver como la pureza se corrompe. Porque los verdaderos monstruos no son los dragones, sino los que visten de seda, se sientan en tronos y hablan nuestro mismo idioma, y que no responden a la orden de Dracarys.

Moraleja del primer episodio de la tercera temporada: La verdadera monstruosidad no nace de la Naturaleza, sino de la ambición humana desbocada.


 

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