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"Poesía, huida y resistencia |
2026-04-05

Cristina Morano

La madrileña María Cristina Morano Carretero es una escritora y diseñadora gráfica. Ciberactivista y feminista. Afincada en Murcia, desde el año 1999 ha publicado libros de poesía y relatos en editoriales conocidas. Fue galardonada en 2000 con el Premio Nacional de Poesía José Hierro por su obra La insolencia. Ese mismo año, su obra El pan y la leche ganó el Premio Poesía Emma Egea que concede la fundación del mismo nombre. El año 2003 ganó el premio Alfonso X el Sabio de la Región de Murcia en la categoría de literatura. Y en 2022 ganó el III Premio Internacional de Poesía Crítica Álvaro Tejero Barrio por En tanto que mujeres.
Su obra ha sido publicada en diferentes antologías poéticas.
El trabajo comprometido de Morano tiene un componente de denuncia muy relacionado con su perfil feminista, que trata de alejarse de clichés y estereotipos de los que se ha acusado históricamente a la poesía escrita por mujeres, destacando por una fuerte carga de crítica social y esa perspectiva feminista que explora las desigualdades de género y la precariedad laboral.
Desde 1999 ha publicado unos ocho poemarios, uno en colaboración (El arte de agarrarse) junto a Julia Otxoa y Pablo García Casado. En 2022 publicó su novela de terror y ciencia ficción feminista Las novias.
Desde 2016, publica regularmente artículos en la sección Murcia y aparte de ElDiario.es.
El 15 de octubre de 2021, como parte de su faceta activista, Morano participó en el evento Palabras para el Mar Menor con representantes del mundo de la comunicación, la música y las letras de Murcia para concienciar sobre la importancia de la recuperación del Mar Menor, un ecosistema importante que está en riesgo por problemas medioambientales.
En palabras suyas:
Me inspiro en cualquier cosa, no tengo un tema o un acicate definido para lanzarme a escribir. Cualquier pájaro, tallo, tuerca, archivo o viento pequeño puede ser un hilo rojo del que tirar para sacar de ti el abismo, el territorio, la carne de un texto poético. Pretendo escribir, pretendo hacerlo lo mejor que yo sepa y llegar a lo más profundo con mi texto. A tocar la entraña, a quebrar la lógica, las convicciones, las creencias de quien lea.
...si un poema habla con el lenguaje de su tiempo y atiende a los progresos de la vida y del mundo, en cualquiera de sus formas, lógicamente será progresista y de izquierdas. Cuando un poema habla de cosas sin fuste o utiliza un lenguaje relamido, arcaico, que se queda fuera del sentir de su tiempo, sino consigue esa calidad, será un poema conservador y, por tanto, de derechas.
En sus redes podréis acercaros más a sus trabajos (https://www.facebook.com/cristina.morano.7
http://cristinamorano.blogspot.com/ ), o con estos poemas que os he seleccionado:
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La herencia A Tomasa Meco. In memorian
Mi madre me enseñó a bordar: el dedal en el dedo corazón, usar el hilo en hebras cortas, me enseñó a hacer vainica doble y a ordenar la vajilla de porcelana: primero las bandejas, después los platos y las copas. Mi abuela me enseñó aplanchar: el pañuelo de niño se plegaba en un triángulo, como el de soltera, sólo el de caballero se plegaba en forma de rectángulo.
-Entonces eres hija de una buena familia. -No, soy la hija de las criadas.
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En la plaza pública Yo estoy aquí, clausurada. Ana Becciú No nos leen. Concha García
Es una cicatriz, no una pintura lo que ciñe la boca a las mujeres, no una venda sutil: un alambrado callarse milenario.
Qué dijimos, no consta: qué pedimos, no saben. Silenciadas no en el no-lugar, no en el margen, sino en el centro mismo de la polis, vistas por todos y por todos desoídas. Los animales tienen voz: son temidos arriba, en lo lejano cazando, el árbol sonará si el aire lo arrebata, la mar canta en los bordes de los puertos. Solo nosotras cuando hablamos somos borradas del discurso, corregidas, visadas, ayudadas. Podríamos fregar el suelo de las Cortes. Así complaceremos. Podríamos vestir con taconazos y shorts. Así entraremos en la escena. –Compañeras, ¿qué hubo?, ¿les dijeron que las estamos esperando? ¿A las calles?, ¿salieron?, ¿lloran? Nosotras aprendimos: lo agrio de las plazas públicas, nos dejaron solas en la defensa de lo libre.
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La tierra sin piedad (III)
No os cuento cómo fue mi adolescencia, yo vestía de negro y me llamaban Cucaracha, Desastre y Bicho aunque también La Flaca, no creáis que no tuve admiradores, ya entonces era la niña lista.
Nos metíamos en las procesiones de la Semana Santa, borrachos escupíamos a los crucificados cantábamos canciones de Ministry al paso de una horrible Virgen verde -cosa que recomiendo, sobre todo si es miércoles y en Murcia-. Después íbamos a pegarnos con los hippies del «Kama».
Éramos crueles, sí, y bellísimos. El amor y la audacia nos vestían -la gente los llamaba suciedad e imperdibles-. Representábamos la única belleza posible tras los hornos crematorios. Los padres nos pagaban las facturas, también aquí se aprecia la textura del siglo.
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La manera de recogerse el pelo No parece haber esencia en la manera de recogerse el pelo Concha García
Iré a cortarme el pelo pronto porque me llega por la cintura y estoy cansada ya de cepillarlo, lavarlo, darle brillo; total, para llevarlo recogido o metido en un sombrero.
Mi madre lo verá y muy enfadada lamentará mi pelo perdido, lacio y negro, «así se lo cortaban a las pobres reclusas en la guerra!, decían las abuelas. Se lo cortaban por los piojos y las melenas sanas las vendían para hacer tela o trenzas para las Dolorosas; y esto se repite en todos los campos de concentración del mundo, prisiones, sanatorios, en Auschwitz y en Polonia.
Es tan fácil cortar unos cabellos, tan sencillo, hasta el aire los levanta sin esfuerzo, la mínima tensión los encanece. Me he sentado en la peluquería unos minutos y sólo ha sido un baile de chasquidos, un leve contoneo alrededor de mi cabeza y ya soy otra.
¿Lo hicieron de igual modo entre los nazis?, ¿utilizaban un recogedor para barrer el pelo o trasladaban con mimo las oscuras madejas a los cestos que luego eran vendidos a tejedores y mueblistas?, ¿lo llevaban peinado y liso en trenzas o enmarañado como burda lana?, ¿y a cuánto se vendía?
Estaban tales cuentas en los libros del campo, la contabilidad macabra de los sacrificados. Quizás todos nosotros debiéramos leerlos conocer esos números antes que los discursos, saber que allí la muerte no fue sólo una infamia sino también un rédito y un método, que no sufría el presupuesto de la nación por cámaras, ni por desplazamientos, pues eran de valor las cabelleras, la manera de recogerse el pelo las mujeres, rapadas, de pie frente a los gases.
Y estaban nuestros nombres en las listas.
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Las acalladas
Fui a la calle sin guarecerme, no llevaba más que. Recuerdo que mi abuela lloraba, que mi madre lloraba. Fui a la plaza y no se oía mi voz. Fui a la calle y me callaron. Donde yo decía sucedió que ellos oían ladrar las lechuzas, donde yo decía creo que ellos oían graznar a los perros.
Un bosque, una corona de cuerno y un vestido de becerro. Un velo en la cabeza. Y lo cogimos. Y mientras tanto la máquina, la ciudad o la revuelta se hacía sin nosotras.
La magia nos dejaron y la noche, todo aquello que linda con el símbolo y funda una cultura. Eso es: nos hicieron las guardianas de nuestro propio apartamiento, dueñas del velo y del cerrojo, de las vendas en pies, de los pañuelos que con la propia mano nos ceñimos.
Igual se hace con los galgos colgados de ramas bajas para que se procuren suelo mientras el ahogamiento los reduce; y en ello emplean su cuidado: en resistir delante de los amos.
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Fabricante de armas Transcripción de una conversación real grabada con cámara oculta para un reportaje de la BBC
Y esta otra arma que aquí tengo, por su forma alargada y de fácil manejo, puede ser utilizada como eficaz objeto contundente para disolver multitudes. Pero además en un extremo, incorpora una batería que, accionada por este botón, produce una feroz descarga a la vez que se golpea; o, si se desea, el artefacto podrían introducirse en la vagina y desde allí, electrocutar, sin las complicaciones anteriores de los clásicos aparatos similares del mercado. No tengan reparo en preguntar el precio.
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El animal que no eres
No, tú no eres un animal. Tú no obedeces ciegamente, ni al dolor respondes con aullidos. No has nacido en el lugar previsto, ni has sido separado de tus juegos para la educación. Nadie te confina en recintos protegidos, ni vigila tu ocio, ni escancia tu comida a horas previas en platos estándar. No entregas tus crías al sistema, ni tu placer a las normas. No, Tú no eres un animal. Estás seguro.
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Una casa limpia
Hay cosas que en la casa siempre estarán un poco usadas. Mi casero las cambia cuando viene para mirar si hemos tirado abajo su miserable propiedad pues tiene que llegar a salvo hasta sus nietos. Pero a mi compañero no le importa se asea y desayuna o guarda libros como lo hizo el primer día cuando vino a pasar un sábado. Aceptamos la casa como parte del deseo de estar viviendo juntos aun cuando presentimos que estas habitaciones no debieran estar amarillentas, y menos en un sitio tan valioso como el cuarto de aseo y su bañera, donde aquel día nos lavamos uno a otro, agotados del trabajo. No, no tendría suciedad ahí, en este sitio de respeto y aliento entre nosotros.
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Charnego
Me acuerdo de los días ya lejanos en que compraba libros, pasteles, muebles, o viajaba. Pronto tendré que desmontar mi casa y hacer con estos libros mis maletas. Dónde acabaremos esta vez y a qué nuevos dolores habrá que acostumbrarse. ¿Irán conmigo mi familia, mis libros, mis cachorros, o tendré solo un cuarto donde echarme para esperar que rompa el día más oscuro que acecha a mi linaje? Mientras tanto, me guardo lo que tengo: neveras, libros, cachorros, amor, lengua, familia, tierra. No son nada, equipaje, cosas tontas para el que no tiene dinero; las cargo algunas veces, otras debo olvidarlas, buscando mi comida por el mundo. Como los animales
B1 Ah, qué puro es todo aquí, en la piscina municipal: los pobres que nos asamos en las tumbonas, los niños, los que leen a la sombra de los plátanos y las chicharras; qué puros nuestros músculos como la luz. Y en medio de todos, ahí, el azul del agua artificial, bendiciendo la ciudad con sus rastros de cloro tan besable en nuestros cuerpos. Besa mi espalda, bésala.
B2 Ah, qué puro es todo aquí, en las afueras de la historia: los pobres que nos cocemos en las oficinas, las limpiadoras, los que venden en los semáforos, y los que comemos una vez al día; qué puros nuestros delgados músculos como la luz. Y en medio de todos, ahí, la discoteca repleta de sudor, bendiciendo la noche con su rastro de dinero salvaje tan besable en nuestras mentes. Besa mi culo, bésalo.
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Sor Juana: miembro de las Hermanas de la Caridad, destinada en el orfanato de Santa Florentina, en Murcia
Ellos lo saben todo. Excepto a quién llamar si en medio de una pesadilla se despiertan por la noche. Esa culpa. La niña rubia da miedo: se ríe como las viejas del burdel, desdentada a los once años; y la sudamericana que sale cantando a la calle no sé si es más lista o más tonta que el resto de los pequeños. Aquí sólo sonríen los bebés: los recién llegados, pero a los dos días ya saben dónde están: están en el sitio donde fueron abandonados; esa consciencia del no-ser-para-nadie es lo que se les mete en los ojos, esa culpa. Me llaman hermana. ¿Qué simboliza tanto dolor? ¿De qué es arcano el huérfano? A veces, no lo soporto; entonces no rezo, no sirve. Me pongo a pelar patatas y les hago ración doble. No engordan nunca.
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Belén: estrella mediática, trabaja en una cadena televisiva española de ámbito nacional
Aun en las masas proletarias, hay gente que adopta la cosmovisión burguesa y actúa en contra, es decir, traiciona los intereses de su clase. ¿Sabes? tanto trabajo no sirve ni para echarse una chuleta el domingo a la boca. Vamos como los animales: de la alcoba al fogón rascándonos las manos hasta que los sabañones sangran. De canija soñaba con tener una casa en un sitio mejor y con verde; ya estaba cansada en el sueño, así que imagínate ahora. El visón abriga más que el conejo, la leche fresca sienta mejor que el café, y la fruta de temporada genera pieles traslúcidas. Cuánto dinero. Cuándo proletarios del mundo unidos. ¿Sabes? el país se escandaliza de mi analfabetismo. El país no ha contabilizado el número de bibliotecas de las afueras, el número de jardines botánicos, el de parques con árboles, el de Museos de las afueras. Yo sí. Con esta mano, con este dedo, corazón.
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Mis madres y mis padres
Cuando mis madres fregaban las cucharas después de las comidas tenían los dedos llagados por el frío. Cuando mis padres se vestían para salir a trabajar de madrugada tenían las manos y la garganta llagadas por el frío. Preguntaba porqué la división de la desgracia si tan idéntica la herida.
Yo quise decidir mis propias llagas futuras y elegir por cuál de ellos: por el trabajo duro en los oficios, por el duro trabajo de las casas. Mis madres y mis padres soy desde entonces sin tregua. Las manos destruidas del trabajo me las rompo también en las labores internas del cuidado. Y si merezco un lecho, es heredad de unas y de otros, soledades comunes de mi clase.
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Ileana: emigrante rumana, contratada para recoger la cosecha en Andalucía
Esta es una tierra alegre, el que no se calienta al sol se alcoholiza y punto. Me doblo en un ángulo de noventa grados para recoger sesenta cajas diarias de fresas, una por una. Mis compañeros son mujeres por expreso deseo de los empresarios; dice mi jefe “Son más dóciles y no tienen problemas de convivencia”. Esta declaración no ha sido subrayada por ninguna organización feminista. Somos buenas reses. Sacamos adelante los países. Sufrimos y callamos, nuestras madres nos enseñaron a no alborotar, tampoco ellas protestaron, se limitaron a trabajar por la nación. Nosotras nos lanzamos a mejorarlo, a cumplir sus patrones con mérito. Asistimos a la noche sin música, sin alegría nos acostamos; lejos, en los claros sub-alpinos, se oye cantar a las flores amarillas de la arzolla, y las orquídeas de los Cárpatos exhalan un fuerte olor a vainilla. Soy licenciada en Medicina por la facultad de Cluj Napoca.
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Tomé una copa de la mesa: era mi soledad toda la noche. Me metí en la cocina sin saber que ese era mi exilio. En la cama abracé a mi esposo: la losa de mi tumba.
Son las cosas domésticas sutiles zonas de la obediencia y del castigo. Bajar la voz es un aprendizaje para no molestar a los mejores. Hablando con murmullos, fui dejando mi palabra en el limo y en lo dentro.
Nos han tirado piedras por encima de los gritos. Un velo nos pusieron y nosotras lo hemos decorado, celebrado, llevado con tacones, con nuestra propia mano nos ceñimos; hemos adelgazado por tener una estatua en el centro de jardines.
Tan solo la Belleza nos dejaban y eran cárcel también las suavidades.
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La tierra sin piedad (IV)
El tiempo es oro, dicen, los minutos que una persona tarda en enfadarse, yo me los ahorro. Debo vivir sola. Eso me pudre más, podéis creerme, pero debo hacerlo para que nadie salga herido y todo el mundo acabe sus carreras, trabajen, se acomoden a la amistad de sus parejas. Este país ha sido disecado como un mono para servir de distracción a los turistas y yo siquiera guardo algún recuerdo de un tiempo que pasé corriendo -sí, esa es la palabra: no luchar, ni follar, correr, que bien lo he comprendido al cabo-. Y los restos que va dejando esta ausencia de compañía son todos miserables y mediocres; relucen con el lustre de las cosas sin uso como la piel brillante de un reptil muy frío, muy oscuro.
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Vergüenza
El número de hijos de puta aumenta cada día, pero es peor el mayor número de tontos. Yo me cuento entre los segundos, a veces mi padre pregunta si voy a hacer algo al respecto; pero no suelo contestarle, me limito a mirar la tele sentada enfrente de su cara. Debería decirle que lleva la razón, que la gente me mira como a una rara especie de animal, como si se sintieran cómodos en el papel del delator. Me gustaría hacer algo para cambiar, ser más inteligente, fumar con elegancia… ese tipo de cosas que te hacen respetable. Pero en el fondo nunca sería suficiente, los platos se me siguen cayendo de las manos.
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La felicidad
La mañana del sábado consiste en una lavadora a toda marcha una casa patas arriba lista para ser volteada barrida, enjabonada, abrillantada y la opción de ponerle un disco a todo eso. Ah, y el dinero que permite esas cosas: ropa, cama, gato, casa, internet. Sin el dinero ahora yo estaría como tú, tirado en un rincón, haciendo un puto verso en vez de descansar frente al ordenador mirando los abdominales rosados de Beckham en la nueva página web del Manchester United.
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Una comida rural
Mañanas de domingo en el pueblo con mi abuela lavando el animal que luego cocinábamos: me señalaba el músculo, la flexibilidad del lomo, y el sitio exacto en las costillas donde quedaban restos de la pólvora.
Después nos reuníamos y alrededor de la cazuela se nos contaba cómo había corrido delante del fusil, cómo los perros relumbraban al sol del alba con el lomo pegado a la pradera y el hocico en las patas de su víctima, ya herida pero aún más rápida y más fuerte que toda la jauría. No se hablaba de nada más en la comida más que del crimen necesario que nos permitiría otra vez crecer, no pasar frío en noviembre. Y toda la celebración tenía ese respeto triste por los muertos de quien se reconoce como animal famélico, herido en otra especie, en otra caza.
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Amanecer del animal
Cuando abro los ojos comprendo que continúo viva. A mi lado, las gafas, el baño, la hidratante, los labios, el café los autobuses, son seres vivos que reclaman su alimento al instante. La ciudad entera parece un animal carnívoro que se saciara sólo destrozándonos. Aunque pase la noche bebiendo, aunque haya visto insectos en mis piernas a causa del delirio, todo seguirá igual por la mañana, porque todos los días son un lunes y todas las horas son la de la despedida. Amanece, hay nubes en el cielo; son de color rojo.
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Alguien salvaje
No ves que el virus entra ya en los cuerpos, viene cabalgando en los hombros de todos nosotros. No temas, si no es el virus será el tiempo, el dinero, o el otro quien te tuerza. Deja de invocar al plástico o a tus cremas para negarte a ser una vieja vencida en un resort turístico. Las listas de los más vendidos se hacen sin ti, niñas limpias ocupan tu puesto bajo tus esposos. Pero también, date cuenta por fin, si estás fuera de foco serás libre, nadie mira más allá de los programas televisados; ahora puedes entrar a donde quieras, eres culpable e ilegal: cógelo todo. Que el barro de las lluvias ácidas y ralas de este clima huraño oculten la huella hendida que vas dejando tras tu paso.
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Déjame que te diga cuál fue mi última casa. Me lavé la cabeza para despejarme porque había llorado, pero seguí llorando y me cubrí el pelo y la cara con una toalla. Entonces alguien me abrazó en silencio y esperó al silencio. Mi cabeza cubierta por la toalla blanca como un sudario recliné en su hombro. Esa fue mi última casa.
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La siguiente
Usted se equivoca, le repito, aunque me vea así. La luz de este ascensor me hace mayor y más tristona. Esto no es un caso de maltrato, acabo de dejarle lamentándose. Sí, tenemos problemas, graves, de pareja, sobre todo de dinero. Pero no se equivoque, yo no necesito de su ayuda. Tenga su pañuelo.
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Criaturas Como tú que estás uncida a mí desde el abismo. Paul Celan
No tenemos cintura sino ijares y arqueamos el lomo en el esfuerzo; abiertos en canal seríamos como estupendos bueyes: nuestra carne molida en el estudio, en la mañana sin luz de los obreros.
Cómo decir el cuerpo entonces.
–¿Me quieres? No. Nosotros no hablamos repitiendo, y a ninguno nos brindan con la copa dorada donde el tiempo burbujea.
Ya estábamos cansados al principio, doblábamos el espinazo juntos sabiendo que al volver nos esperaban libros, palabras sin alcance; y nos estábamos callados el uno junto al otro entonces:
cachorros de lenguaje, aún queda por decir esta belleza.
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Lavabos de señoras y ese tipo de ser se ha acostado en nuestras camas declarándose nuestro deseo exigiendo sangre de mujer para vivir el pecho de una mujer para recostar sus pesadillas. Adrienne Rich
Se juntan las esposas en el baño, una de ellas me acuna en su hombro: Nos ha pasado a todas me dice; y se vuelve y se lava antiguas heridas.
Afuera, en el café, los hombres celebran algo, aplauden al cantante, canallean por el pasillo en busca de bebida saben a salvo su secreto, quizás hasta ahora mismo.
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“Como en casa en ningún algún sitio”. “Contigo no me sobra el mundo”. “Éramos felices y no lo sabíamos”.
Lo sabíamos de sobra.
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